Hoy 14 de diciembre se conmemora el Día Nacional del Psicólogo, una oportunidad para subrayar el papel de la espiritualidad, en el abordaje de los problemas de la conducta humana que aquejan a la sociedad y en particular a la familia nicaragüense.
Un breve ejercicio de investigación documental a los diarios nacionales y estadísticas de salud mental del Ministerio de Salud y de la Organización Panamericana de la Salud, nos presentan cifras alarmantes de asaltos a mano armada, violencia doméstica, feminicidio, embarazo en adolescentes, adicciones, divorcios, pornografía, crímenes, prostitución, turismo sexual, delincuencia creciente, etc, con dramáticos efectos en la familia, la célula fundamental de la sociedad, causa y efecto de cadenas generacionales de disfunción y patologías, a una Nicaragua enferma, no solo por la clase política, sino también por la cultura secular, hedonista, egocéntrica y superficial predominante.
¿Que necesitan la psicología y los psicólogos, para impactar en una sociedad como la nuestra? Obviamente un cambio en el abordaje, ampliar la visión más allá de los psicofármacos y las terapias tradicionales, invitando a Dios a la vida de todos nosotros, pacientes y profesionales de la salud mental.
La conducta humana es compleja, regulada por sofisticados mecanismos de interacciones neuronales, neurotransmisores y neuropéptidos, en un contexto de pobreza espiritual, antivalores y estilos de crianza autoritarios, permisivos e indiferentes, que hacen de los niños y niñas de hoy, los adictos, neuróticos y personas disfuncionales de mañana.
Hoy como nunca, la psicología y los psicólogos necesitamos dirigir los ojos a la familia y trabajar ahí, gobierno y sociedad, en una gigantesca pastoral familiar, que haga de cada hogar una escuela de formación de valores, una iglesia doméstica, una verdadera célula de desarrollo humano y constructora de unidad, afecto y amor.
2013 es el año de la fe y la caridad, la Iglesia ha convocado al jubileo de la familia. Unicef, Unesco y otras agencias han coincidido en la necesidad de un rescate de la familia, no la que se reúne frente al televisor, la copa de licor o el interne, sino la que ora y bendice, da afecto y amor, establece límites, educando con su ejemplo y forjando ciudadanos, personas con deberes y derechos, capaces de construir una Nicaragua más saludable para todos.
¡No le tengamos temor a la espiritualidad! Si confiamos en psicofármacos de tercera generación que llenan de dinero a las empresas farmacéuticas y en terapias transculturales, limitadas, transitorias y de una efectividad cuestionable, ¿por qué no confiar en Cristo que ha trascendido los tiempos, épocas, paradigmas y saberes humanos?
La psicología y los psicólogos no somos más que instrumentos para actuar sobre la conducta humana, sanando profundas heridas emocionales y huecos de personalidad. La disfuncionalidad, neuroticidad y conducta adictiva, no son más que efectos de la ausencia de Dios en nuestras vidas. Invitemos en este tiempo de adviento, al niño interior que llevamos dentro, a nacer de nuevo en el espíritu; regalemos a nuestros hijos en esta Navidad una nueva vida, una nueva familia, nuevos padres y madres, llenos del amor de la Sagrada Familia de Nazaret.
Si la psicología y los psicólogos hemos creído en la teoría psicoanalítica de Freud y del inconsciente colectivo de Jung, ¿por qué no invitar el poder del amor de Jesús en nuestras vidas?, ¿por qué no confiar nuestras familias a Dios? Creámosle, que para Él no hay nada imposible. El autor es médico psicoterapeuta y psicólogo clínico, investigador y catedrático universitario
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