Pablo Antonio Cuadra (PAC) recorrió la distancia que hay entre discernimiento e ilustración, con pasos que sostienen su perennidad en el centenario. Excepción hecha de un lapso inquisitorial e inconforme de su juventud (“pecados de juventud” les llamó después) cuando se rebeló tanto en el campo de la política al uniformarse con “la camisa azul” que otros imberbes lucieron, como en la literatura que sí lo absorbió el resto de su calendario, asumiendo posiciones críticas contra los movimientos que no concordaban con los de vanguardia de la que fue expresivo portavoz.
No fue el suyo un caso signado por la particularidad, pues posiciones de inconformidad le correspondieron también en su mocedad (y cito solo un espeso ejemplo) a prototipos del verbo como Jorge Luis Borges cuando en sus 25 años escribió el libro Inquisiciones donde se refiere a los que solo se dedicaron a metrificar recuerdos y orquestar rimas sin dejar por fuera en la sorna a nuestro Rubén a quien atribuía “ficciones y simulacros”, reducción que luego, asumiendo la responsabilidad de no ser un leyente superficial, sino estudioso concentrado en la obra de Darío, rectifica reflexionando en siguientes concepciones, reconociéndole no en el enfoque de crítico idolátrico, la posición que realmente le corresponde, lo que verdaderamente es: padre del modernismo.
Quiero ver a PAC (1912-2002) como ejemplo del vasto polifacético, maestro ejecutor de cada una de las asignaturas plasmadas en su cosmos: prosista de sabiduría en cada uno de los temas coyunturales, editorialista frontal en sus Escritos a Máquina acompañado del ruido de esta en el impulso de cada tecla que le servía de eco contra las irregularidades cometidas contra los derechos vulnerados del ser. Cada uno dejó guardada la imagen que bien puede cuadrar, medida con fidelidad en la vitrina mustia de la actualidad por cuanto todos ardieron en la búsqueda no encontrada de los elementos básicos requeridos para irradiar feliz unanimidad.
Si cada Escrito a Máquina fuese publicado de nuevo en las páginas de opinión de LA PRENSA, solventadas las crisis de espacio, tuviera la nueva generación un modelo fehaciente de cómo lo escrito ayer puede tener vigencia hoy. A cada una apunta: “Cada generación pide relevo para llevar la angustiosa piedra de Sísifo a la cumbre de su tiempo”. Esta vuelve a rodar en la terquedad cíclica.
Además de haber ejercido el periodismo crítico no quedan arrinconadas por cuanto fueron pautas más constantemente cultivadas en su vivir creativo: la poesía dibujada en “la mar dulce” donde el navegante es la referencia prototípica del arrojo, el héroe en reto al movimiento de las aguas, el remo del audaz quitándoles la intimidad en una oda a la naturaleza, la pintura, diseñador de tapices, vocero de la idiosincrasia del nicaragüense cuyo carácter es puesto con letras que lo ubican como si su cámara retratara el rostro, el alma dual, el modo de ser de cada uno en un colectivo genial, ensayista antropológico, dramaturgo, escenógrafo rural con ojo en el sino de los campesinos. Además de bucólico, hispanista, fundador de “la universidad de bolsillo” cuyas puertas abiertas en cada sábado despertaban el interés de los lectores que enriquecían sus conocimientos del arte en todas sus dimensiones y no solo factor de formación de los poetas jóvenes que tuvieron ahí un espacio franco y desenvuelto para esparcir el soplo de sus versos. El autor es periodista
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