¿Tendremos en los próximos cuatro años algún alcalde electo en algún municipio con los “votos” de los que no votaron, que ciertamente son la mayoría? No, pero sí tendremos muchos más sandinistas electos.
En la mayoría de los casos por los votos válidos de los que sí salieron a votar y en otros por las viejas andanzas fraudulentas del Consejo Supremo Electoral (CSE) en al menos cuatro municipios en que la oposición obtuvo más votos como lo demuestran el ciento por ciento de las actas, como son los casos concretos de Ciudad Darío, El Almendro y Matiguás que reclama el PLI y Nueva Guinea del PLC.
No sería una sorpresa que el FSLN no gane en estos cuatro municipios, porque nunca ha ganado, son bastiones liberales, por ello resultan altamente sospechosos los resultados oficiales parciales del CSE que da por ganador al FSLN en cada uno de ellos, casualmente, por unos pocos votos o por centésimas porcentuales.
Está claro que se demandan cambios profundos en el CSE y el mismo sistema electoral para restituir la confianza del electorado nicaragüense en el voto, erosionada por dos fraudes anteriores masivos y los fraudes selectivos que hemos señalado en estas elecciones.
Si en Venezuela hay un sistema electoral creíble, de tal manera que el mismo candidato Capriles admitió su derrota pocas horas después del cierre de las actas, debemos adoptar lo bueno de este sistema, al igual que el de Costa Rica o el de los Estados Unidos, donde nadie se atreve siquiera a cuestionar los resultados y el candidato Mitt Romney llama al presidente Obama para felicitarlo apenas se entera, por las proyecciones de las cadenas de televisión en base a los resultados reales, de que la tendencia de la victoria de su rival es irreversible.
Nicaragua no puede ir a otro proceso electoral sin la garantía del sistema electoral que restablezca la confianza al electorado de que su voto será respetado. Si ese era el punto de la abstención masiva, bien hecho está, pero ningún partido o líder político, por más que haya proclamado a los cuatro vientos el abstencionismo, es “dueño” de un voto nulo o de una abstención, los únicos votos que cuentan a la hora de una elección son los votos válidos. Por tanto, la triste realidad es que los votos nulos o el abstencionismo solo beneficiarán al que más votos válidos haya tenido.
En un sistema electoral transparente, la legitimidad de los electos no se cuestiona, así que si es verdad que el FLSN es mayoritario, la mejor forma de demostrarlo es haciendo los cambios necesarios en el sistema electoral para que sea creíble, para que la población vote masivamente como en otras épocas, de tal manera que si resultase favorecido por el voto popular, tenga la legitimidad que da el reconocimiento de sus adversarios derrotados limpiamente.
El caso de los partidos que corrieron, tomando los consabidos riesgos electorales, también está hecho, al igual que el de los que no fueron a votar. Si la abstención ganó realmente, durante los próximos cuatro años tendríamos una mayoría de alcaldes municipales afines a este nuevo partido, la abstención. Pero el caso no es así, porque la abstención no es un partido ni un poder, si surgiera un nuevo líder que pudiera canalizar la apatía y convertirla en simpatía, sería el próximo presidente.
Mientras eso ocurre, todos los que votamos y los que no votamos, debemos abocarnos a la tarea de reformar el sistema electoral, cambiando a todos los magistrados y adoptando las salvaguardas que restablezcan la credibilidad en el sistema y garanticen al electorado que el voto sagrado del ciudadano será respetado.
El autor es diputado.
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