José Denis Cruz y William Aragón
E sa noche treinta mujeres indígenas se adentraron en las frías montañas de El Carrizo, San José de Cusmapa, huyendo de los simpatizantes del Frente Sandinista que, con armas en mano, buscaban a sus maridos para asesinarlos. Una de ellas fue Miriam del Carmen Martínez, de 29 años, quien minutos antes de salir de su casa despidió a su esposo, Ivan Baltodano, con un beso en la boca. “Yo le dije que se fuera para la montaña para que no lo mataran. Y yo me fui adonde mi mamá, pero después agarramos guindo abajo”, recuerda Martínez mientras sus ojos de tristeza se pierden entre las ramas de los árboles. Fue una despedida amarga.
“Ese día dormimos en el campo. Nos picaron los zancudos. Si nos regresamos fue porque oímos como un derrumbe. Nos daba miedo regresar… A El Carrizo retornamos a las 5:00 de la mañanita”, dice la mujer con su acento campechano. Lo que encontró fue muerte y destrucción.
Ahí en la montaña escucharon el eco de los gritos desgarradores, los insultos y las detonaciones que marcaron de sangre a aquella comunidad indígena de 350 habitantes. El Carrizo es un poblado localizado a 10 kilómetros de San José de Cusmapa en el departamento de Madriz.
La matanza inició el 8 de noviembre, dos días después de las elecciones presidenciales, cerca de las 9:00. Y fue a la familia Torres-Cruz a quien salpicó de sangre una turba orteguista que se movilizó hasta la comunidad con un claro propósito: matar a sus opositores.
Estas han sido acondicionadas especialmente para que estén cómodos y reciban visitas conyugales y familiares. El argumento que ha dado en algunas ocasiones el comisionado mayor José Antonio López Dolmus, jefe de la Policía en el departamento de Madriz, es que existe saturación de presos en el penal esteliano y que las autoridades de ese centro se niegan a recibirlos.
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En esta familia la tragedia todavía no cicatriza. Sigue intacta como la marca de bala que en este día de noviembre muestra Moisés Pérez Cruz, sobreviviente de la masacre. A él le dispararon en la pierna izquierda.
“Para nosotros es algo que jamás se nos va a olvidar. Es una herida incurable tanto en el cuerpo como en el corazón”, señala Pérez Cruz.
LA TRANQUILIDAD PERDIDA
Un manto frío de neblina que recorría los potreros y unas negras nubes, que en el cielo tapaban a una luna que intentaba asomarse en aquella oscura noche, sirvieron para que varios hombres en estado de ebriedad y llenos de odio por sus pasiones políticas, llegaran a bordo de vehículos portando fusiles de guerra y masacraran a una humilde familia campesina indígena de aquella lejana comunidad.
Esa noche la mayoría de las familias campesinas pobres se aprestaban a dormir y en el humilde hogar de los Torres-Cruz lo harían sin imaginarse nunca de la tragedia que estaba por venir.
En una cantina del poblado de Cusmapa, y bajo los efectos del licor, el entonces jefe policial de esa localidad, el exsubcomisionado Elvin de Jesús López, autorizaba a una patrulla de agentes armados de fusiles AK a que acompañaran al exsecretario político del Frente Sandinista (FSLN), José de Jesús Herrera Zepeda, y al exfuncionario del Consejo Electoral Municipal (CEM), Eusebio Cruz Montenegro, junto con unas 20 personas más, a la zona de El Carrizo, donde supuestamente se estaban dando algunos altercados.
Irían a poner el orden, pues se enfrentaban sandinistas y liberales y temían que ahí hubiera muertos, después que se conocieron los resultados de las elecciones presidenciales del domingo 7 de noviembre del 2011, y en las que Daniel Ortega se reelegiría ilegalmente en el poder.
Testigos del lugar señalaron que José Herrera Zepeda y Eusebio Cruz Montenegro, junto con sus seguidores, dispararon sus armas de fuego contra la gente indefensa de la zona y amparados bajo la oscuridad asesinaron a don José Mercedes Pérez Torres, de 65 años, y a sus dos hijos Elmer y Josué Sael e hirieron de bala a los otros dos hijos Amílcar y Moisés.
Antes de las elecciones presidenciales, don José Mercedes Pérez Torres y sus hijos habían reclamado en el poblado de Cusmapa la entrega de sus cédulas de identidad.
LA MONTAÑA LOS CUIDÓ
Iván Baltodano, esposo de Miriam Martínez, todavía siente temor por su vida a un año ya de la masacre.
A él lo llaman “Managüita” y esa noche su apodo viajó con el viento junto con los insultos que le echaban los sandinistas. “¡Te vamos a matar ‘Managüita’ hijo de la gran puta! Después que te matemos te vamos a amarrar a las camionetas para arrastrarte hasta Cusmapa”, cuenta el hombre entre susurros. De no huir se hubiese sumado a las tres muertes que marcaron profundamente a este poblado, pues ese día lo llegaron a buscar a su casa, pero ahí ya no estaba nadie.
Ayer se cumplió un año de la masacre de esa familia campesina, doña Irinea Mejía Cruz, quien perdió a su esposo José Mercedes Pérez Torres y sus dos hijos Elmer y Josué, no logra olvidar los hechos que vistieron de negro a su hogar.
Ella cree que nunca se hizo justicia, porque los culpables gozan de privilegios carcelarios y las penas impuestas fueron una payasada de la justicia que responde a los intereses del partido gobernante.
Aquí la noche del 8 de noviembre de 2011 dejó un acto irremediable: tres muertos y una familia desgarrada que aún lamenta que en Nicaragua no haya justicia.
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