Con el mismo entusiasmo con que Telémaco Talavera, presidente del CNU (Consejo Nacional de Universidades), declaró en noviembre del año pasado que las elecciones presidenciales habían sido ejemplares, este pasado miércoles expuso a la nación la primera rendición de cuentas de las universidades financiadas por el 6 por ciento.
Su discurso, precedido de los acordes del himno guerrillero “Que se rinda tu madre”, tuvo sabor a barricada; exaltado, intenso, y rico en alusiones a las luchas universitarias y a los mártires y mutilados del 6 por ciento. Pero dejó grandes vacíos. El primero fue en el campo de las estadísticas.
Aunque la presentación tuvo el mérito de revelar informaciones no compartidas antes, como gastos en infraestructura, becas e investigación, estuvo lejos de esclarecer la pregunta que se hace gran parte del público nicaragüense: ¿se usan sabia o eficientemente los fondos cuantiosos que recibe el CNU? —más de mil millones de dólares desde 1995 y más de 2,500 millones de córdobas este año—.
La inquietud es muy legítima, porque existe la sospecha generalizada de que la calidad de la enseñanza que imparten las universidades del CNU es mala o desenfocada y porque existe el conocimiento que el subsistema universitario ha sido priorizado a un gran costo social; a primaria le queda una cantidad tan desproporcionadamente baja de fondos, que solo el sesenta por ciento de nuestra niñez la completa, y a niveles de calidad deplorables.
Los datos presentados por Telémaco no despejaron estas dudas: mostraron los centenares de carreras y posgrados que se ofertan y el crecimiento acelerado de los miles que se matriculan, pero no presentaron medidas de calidad o pertinencia. Lamentable, porque ¿cómo puede evaluarse la eficiencia de cualquier gestión académica desconociendo la calidad? ¿De qué sirve cantidad sin calidad? ¿No es un desperdicio de recursos escasos graduar miles de profesionales que no encuentran empleo o que carecen de habilidades para desempeñarse productivamente?
Datos como los más de ocho millones de dólares destinados a investigaciones (US$$8,156,074), pierden su verdadera dimensión cuando se desconoce la calidad de las mismas. Distribuidas entre las 220 investigaciones concluidas ese año, el costo promedio de cada una fue US$$37,073. ¿Valió la pena? Quizás, si muchas fuesen trabajos de calidad internacional, no si predominaron monografías de escaso valor científico. Funides, el centro de pensamiento más prestigioso del país, financia investigaciones socioeconómicas con profesionales de primera, a un costo promedio de diez mil dólares.
Para mejorar su gestión y rendir cuentas en forma cabal, el CNU debería comenzar sus investigaciones por el mismo; haciendo sondeos de su calidad académica con pruebas estandarizadas, averiguando y publicando el costo de graduar a sus estudiante en las distintas carreras, evaluando el impacto o contribución de sus diferentes egresados al crecimiento del país, documentando la empleabilidad e ingresos promedios de sus diversos profesionales, lo cual es muy útil para orientar al estudiantado y revisar sus planes de estudio. El CNU no tiene excusa para no hacer este tipo de análisis cuando dispone de millones de dólares y centenares de profesionales.
El otro gran vacío del discurso de Telémaco fue el silencio sobre un tema otrora infaltable: el de las universidades como conciencia crítica de la sociedad. Hoy parece que ha caído en desuso esta importante función. Las graves violaciones al orden constitucional y legal, tan cabalmente denunciadas por la Iglesia, no han producido si siquiera análisis audibles de las facultades de derecho, ni protestas estudiantiles. Las universidades tampoco son críticas consigo mismas. La primera rendición de cuentas fue un derroche de premios a sus integrantes y una exhibición de autocomplacencia. Salir de la mediocridad exigirá el valor de enfrascarse en un examen honesto de sus deficiencias y decidirse a medir, o a dejar que les midan, la calidad de su enseñanza.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
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