En las últimas décadas han sucedido grandes cambios, provocando transformación del orden político y socio-económico fundado después de la Segunda Guerra Mundial, repercutiendo profundamente en el escenario mundial. Se han producido grandes transformaciones en China, URSS y el bloque comunista Europeo. EE. UU. y Europa desarrollan crisis económica y política comparable a 1929, sin observar salida ni consecuencias.
Pareciera que no existe nexo común en estos sucesos, factores que actúen en todos ellos, pero identificamos la tendencia de las élites dominantes —cualquiera sea el sistema político o económico en el que actúan— a acaparar, monopolizar más y más poder.
Los leninistas concebían partidos comunistas como élite donde monopolio de poder, aparatos políticos y dirigentes resultaron como una consecuencia inevitable, generando castas dominantes privilegiadas derivadas del control del Estado. El sistema de economía comunista no generaba crecimiento necesario para mantener el pulso geoestratégico entre las superpotencias, pero no impedía que las castas dominantes tradujeran en acumulación de riqueza privada su posición de control dentro de estos Estados imperiales e imperialistas.
Deng Xiaoping, dijo: “Enriquecerse es glorioso”, dando paso al desarrollo económico capitalista con grupos dominantes alrededor del Partido-Estado alcanzando riqueza, constituyéndose en nueva burguesía. Grandes fortunas aparecieron, mientras campesinos y aquellos emigrados para trabajar en regiones en crecimiento, viven condiciones infrahumanas sin derechos sociales. La transformación China en fábrica del mundo se basa en mano de obra hiper-explotada y en dumping social sistemático. Aunque la segunda economía mundial, su índice de desarrollo humano es número 89 entre países del mundo.
Cuando la URSS se desmoronó, no fue por movimientos revolucionarios de ciudadanos. El desmantelamiento del régimen comunista se produjo dentro del aparato del Estado y partido comunista. Boris Yeltsin era miembro destacado del partido, gran parte de la dirección del actual Estado, propiamente Vladimir Putin, vienen de la antigua KGB. Existió en el proceso de implosión de la URSS un movimiento de castas dominantes generadas alrededor del Estado-Partido, resituándose dentro de una economía capitalista con acumulación de poder económico sin barreras. Hoy, la sociedad rusa es una sociedad desigual, donde han crecido algunas de las mayores fortunas del mundo, con altos índices de pobreza entre grandes sectores poblacionales.
En la democracia liberal de Norteamérica y Europa, los gobiernos defendían prioritariamente intereses de grandes corporaciones empresariales, estableciendo filosofías en torno a defender “intereses nacionales”. Élites dirigentes de empresas transnacionales no deciden políticas generales de Estado, más bien, acaban ejerciendo labor mediática importante entre intereses de diversos sectores sociales, contribuyendo a que estos sistemas económicos y políticos funcionen. Desregulación progresiva de mercados impulsada por élites empresariales y políticas, otorgación del Gobierno del control de políticas económicas importantes a través de bancos centrales independientes, globalización de circulación de capitales, han acabado vaciando los gobiernos de los Estado-nación, de todo poder efectivo en los sistemas de democracia liberal. Los que manejan capitales financieros globalmente dictan decisiones políticas que el Gobierno debería tomar sobre cuestiones económicas y sociales fundamentales. La legitimidad democrática de lo que los gobiernos deciden está desacreditada entre los ciudadanos, un síntoma de la claudicación del poder político frente al poder financiero.
Fortunas financieras imponen a gobiernos europeos medidas que anulan servicios sociales públicos, abaratamiento de mano de obra a través de presión de los créditos, primas de riesgo sobre deudas soberanas, las calificaciones y descalificaciones de las agencias de rating. Controlan directamente el accionar del Gobierno colocando sus peones en altos cargos del Estado.
Grandes corporaciones controlan el poder político en democracias liberales en una época de agotamiento del modelo de crecimiento capitalista; poder económico no es suficiente, únicamente se mantiene y acrecienta con poder directo sobre los órganos de gobierno del Estado.
Frente a procesos de concentración de poder sin límites de diversas formas, la respuesta es democracia ciudadana, radical, definiendo poder político-económico horizontal equitativamente distribuido. Élites acaba siendo germen de futura clase dominante enloquecida por acumular poder. Reaccionemos con indignación al proceso de acumulación de poder, rechazando a líderes y grupos dirigentes ensayando nuevas formas de monopolización y privatización del poder sobre los bienes públicos sean estos económicos, sociales, políticos o culturales.
El autor es ingeniero.
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