Cada destino tiene su meta. Al biólogo guatemalteco Jaime Viñals se le ocurrió trazar la suya: andar de andariego vertical sobre los 8,848 metros de la cima más alta del mundo: El Everest. Y no contento con eso, cumplir con la misión de seguir llegando ileso a otras cumbres de igual calibre —alpinista y andinista, montañista total— en una suma invicta que suena a “raya en el aire”, a presunción imposible, pero que en la tempestuosa dureza de la realidad fue posible.
Se le sobrevino la efusión desde que comenzó a tener de novia a la naturaleza intratable, trazar el objetivo de vencer sobre miles acumulados de metros, (“Catedral del Cielo” llamó Pablo Neruda a la Antártida) hasta sentirse indemne aunque con dolor en los párpados.
Viñals, el intrépido científico, estuvo recientemente en Nicaragua invitado por la Upoli con el propósito único de dar una conferencia magistral, la más impresionante y persuasiva que el suscrito haya escuchado, por la acuciosa explicación de sus lances y por el dispositivo humano de la comunicación que sabe intercalar en cada uno de los riesgosos capítulos dejando un mensaje de aliento con un concepto existencial muy propio sobre la capacidad del ser para ser, para lograrlo todo en la apoteosis física y emprendedora, para hacer todo lo que uno se propone con el tentador y maravilloso “libre albedrío”, empujado por aquella afirmación que en síntesis sencilla dice “querer es poder” pero yendo Viñals más allá en el proceso: “El único obstáculo para conseguir lo que queremos somos nosotros mismos”.
La primera invasión sobre sus miras se inició cuando en los estudios preliminares de la topología de su tierra descubrió “una forma de vida, sentir pasión por lo que hacemos”, cuyo significado es, entendiendo que nunca terminamos de aprender, no dejar en la frustración el ideal que tuvo su “punto de partida”. Y este se vinculó con la aspiración de subir las 547 cumbres de Guatemala, lo cual no constituyó para él un pasatiempo. Y buscó cómo salir de sus fronteras para escalar las de Centroamérica, incluyendo por supuesto las de Nicaragua: El Concepción, el San Cristóbal, el Momotombo, que según su experiencia con sus 2,615 metros, es el más alto de Nicaragua, explorada en su intimidad hacia arriba en sus 36 picos.
Y después de Centroamérica ¿qué? Fue la pregunta que debía tener respuesta inmediata y fue México donde su capacidad llegó a los 5,000 metros. Nunca pensó que no se podía sino el cómo hacerlo. Y siguió por la vía del andinismo atravesando la cordillera más larga del mundo, acariciando con sus utensilios al “Centinela de Piedra, el Aconcagua”, en la frontera entre Argentina y Chile. No podía su temperamento de retador de los monstruos quedarse ahí y volcó su más allá en las 163 montañas de los Alpes. El Everetz le puso la corona a tanta mortal travesía. Después de un doloroso fracaso en el primer intento con muertos dejados en el camino, finalmente lo desafió hasta llegar a donde no quedaba ni un trozo de hielo o de roca que escalar para tenerlo de mirador paradigmático. Siete son las más altas cúspides del orbe y a ninguna perdonó su intrepidez. Supongo que superados todos los desafíos debe estar investigando qué otra esbeltez de esa categoría mira hacia el cielo para completar su obra. El autor es periodista.
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