No está claro aún si el asesinato del embajador de EE. UU. en Libia, Christopher Stevens, y otros tres diplomáticos de ese país ocurrido el 11 de septiembre corriente en el asalto de una turba armada contra el consulado estadounidense en la ciudad de Bengazi, fue una acción planeada por Al Qaeda u otra organización terrorista islámica; o “solo” fue un exceso de los manifestantes fanáticos que protestaban por un vídeo en el cual se caricaturiza a Mahoma, el santo profeta de los musulmanes. Pero en cualquiera de los dos casos el trasfondo es el mismo, o sea el fanatismo religioso y la intolerancia política llevados al extremo de la irracionalidad criminal.
El vídeo que ha provocado la nueva orgía sangrienta en los países islámicos, titulado La inocencia de los musulmanes , fue filmado en EE. UU. Pero esto no significa que el gobierno estadounidense sea responsable por su filmación, contenido y difusión, y aunque lo fuera, eso no justificaría la violencia asesina. En todo caso, en los países civilizados y libres como es sin duda EE. UU., cualquier persona tiene libertad de filmar una película o vídeo sobre cualquier tema, incluso religioso, para su comercialización o divulgación por Internet si tal es su voluntad.
Cabe señalar que películas mucho más ofensivas contra el cristianismo se producen y divulgan masivamente en países de occidente, incluyendo a EE. UU. Los filmes que difaman al cristianismo causan indignación entre los creyentes, que protestan públicamente y en algunos casos demandan judicialmente a los blasfemos, pero jamás se les ocurre por eso incendiar un edificio ni asesinar a los cineastas ni a ninguna otra persona.
Precisamente a principios del presente mes de septiembre, en el Festival Internacional de Cine de Venecia, que es uno de los más importantes del mundo, fue presentada y nominada para optar a premio una película titulada Paraíso: la fe , la cual es blasfema y ofende los sentimientos cristianos. La película es dirigida por el austríaco Ulrich Seidl y en ella se presenta a una fervorosa mujer católica masturbándose con un crucifijo, entre otras escenas perturbadoras, denigrantes y procaces.
En uso de su derecho, una asociación católica italiana ha demandado judicialmente a los productores de la película y a la actriz que protagoniza las escenas impúdicas y blasfemas, así como a los organizadores del festival de Venecia, por violación de los artículos 403 y 404 del Código Penal italiano que se refieren a “delitos contra una confesión religiosa por la denigración de las personas y a través de desprecio”. De modo que, como debe ser en estos casos, es la justicia la que tiene que decidir si los responsables de la película deben ser sancionados o no conforme a la ley.
Este manejo civilizado de los conflictos es normal en el occidente cristiano, donde prevalece la libertad de expresión y la gente puede apelar a la ley y la justicia, pero por razones obvias no puede ser comprendido y mucho menos practicado por los fanáticos islamistas que, por decir lo menos, permanecen anclados en la Edad Media.
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