La honestidad es la armonía entre lo que se piensa y lo que se hace. Para ser honestos debemos conocernos a nosotros mismos. No es posible abordar este tema sin ser el testimonio que otros desean ver en nosotros cuando lo abordamos.
Ser honestos significa nunca perder de vista la verdad. Ser honestos es cumplir promesas, pero en nuestro país cuando se reclama el valor de la palabra te responden: ¿y es que además de que te prometo quieres que te cumpla? En lo personal conozco a muchos que creen que sus guasonerías son respuestas hábiles, pero qué mal lucen y cómo pierden el respeto a sí mismo.
La persona honesta debe cumplir sus promesas porque la palabra empeñada es una ilusión prestada. Ser honestos es jugar limpio. Cuando alguien miente, roba, engaña o hace trampa, se expone frente a la inevitable percepción de quien juzga la conducta de aquel que faltó y no fue consecuente con el discurso. Las personas deshonestas se pueden reconocer fácilmente porque engañan a los otros para conseguir de manera abusiva un beneficio. Es muy probable que alguien logre engañar la primera vez, pero al ser descubierto será evitado por sus semejantes o tratado con precaución y desconfianza.
Hay que tomar la honestidad en serio, estar conscientes de cómo nos afecta cualquier falta por pequeña que sea. Hay que reconocer que es una condición fundamental para las relaciones humanas, para la amistad y la auténtica vida comunitaria. Ser deshonesto es ser falso, injusto, impostado, ficticio. La deshonestidad no respeta a la persona en sí misma y busca la sombra, el encubrimiento; es una disposición a vivir en la oscuridad. La honestidad, en cambio, tiñe la vida de confianza, sinceridad y apertura y expresa el deseo de vivir iluminados bajo la luz de la verdad.
Algún día en Nicaragua la honestidad se pondrá de moda. Algún día vamos a vivir en paz y habrá confianza y no tendremos miedo a expresar nuestras ideas ni ante los unos ni ante los otros, pues hoy somos víctimas de los totalitarismos extremos en todos los signos ideológicos que enfundados en la soberbia abrazan o desechan dependiendo si estas o no con ellos.
Este país está empobrecido por dirigentes que desde la izquierda y la derecha lo han creído de su propiedad. Nicaragua ha sido víctima de políticos que se han llamado revolucionarios unos y demócratas otros, pero ambos, en la lucha por el poder que han perseguido, han generado desde su ambición atrasos en una nación que tiene todo para catapultarse, pero que está anclada por el capricho de sus malos hijos.
Nicaragua merece una mejor suerte y el primer paso es hacernos un examen de conciencia honesto para determinar que la fórmula hacia la conquista del futuro es el diálogo y no la descalificación, es el abrazo y no el puñal. El gran primer paso hacia la reconciliación verdadera es la honestidad y ese valor hay que escudriñarlo en nuestra historia y concienciarnos a través de su lectura que las guerras nunca derrotaron a los bandos pero sí a la nación.
El autor es periodista.
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