León se ha convertido sin lugar a duda en la ciudad ideal para la gente tanto nacional como extranjera que piensa en retirarse. Las distancias son pequeñas, en unas cuantas cuadras está todo lo que un ciudadano común necesita. Mercados, tiendas, bancos, farmacias, ferreterías, restaurantes, pero sobre todo iglesias, bellas iglesias que nos hablan del pasado colonial de esta vieja metrópoli.
Aunque el clima es fuerte en los meses del verano, con la ayuda de los viejos aleros coloniales las casas de techo alto y la brisa de la tarde que viene de la cercana Poneloya, León resulta manejable. Tiene algo muy valioso que la distingue de ciudades con clima más cálido como Estelí, Matagalpa o Juigalpa, ciudades en donde la temperatura es más benévola, pero todas ellas carecen de lo que en León abunda: el agua, y sin agua no hay vida, no hay palabras.
La cordillera de los Maribios sirve como un inmenso telón de fondo de esta ciudad de mis antaños, el Telica, imponente, más allá el Santa Clara, el cerro Negro que cada día coge más auge y popularidad con sus esquíes de arena que son la delicia del turista que llega. Y más allá, más allá, El Hoyo y el Momotombo con su “cono gigantesco”, “calvo y desnudo”, y lleno de “antiguo orgullo triunfal”.
Ahora León cuenta con una zona rosa, cosmopolita, en donde los idiomas inglés, francés, alemán, holandés, ruso o escandinavos resuenan en los aires; muy movida en las noches especialmente los fines de semana. Cantidad de bares, discotecas, restaurantes, café, tabernas o simplemente lugares en la calle en donde la gente, toma una cerveza o un café. Pero el centro del nuevo movimiento turístico, lo constituye ahora un hotel, restaurante, taberna. El Vía Vía, es la meca de todo el que llega. Centrado entre la bella Catedral y la iglesia barroca más prestigiosa, La Recolección, el lugar es un éxito, los buenos precios, el bar y el aseo, andan de la mano.
Historia, historia y más historia, en cada calle o en cada esquina de esta ciudad, en donde uno puede caminar o sentarse una tarde a “puertear”, como lo llaman los leoneses, esa costumbre que ya se está perdiendo de sacar las sillas mecedoras a la calle en la tarde y saludar a la gente, al vecino, al conocido, al amigo, al familiar. Y junto a la fresca caricia de la brisa marina, el pregón de la mujer que viene ofreciendo elotes, tamales, revueltos. O aquella otra pregonera que simplemente dice: “El atol, el atol, va a querer atol”.
Sede de la Universidad más prestigiosa de mi patria, León es en esencia una ciudad de estudiantes y para estudiantes, el campus médico de la Universidad de León, para nuestra realidades, es un magnífico logro de lo que se puede hacer por el país, construido en la rectoría del doctor Carlos Tünnermann, el área de salud y algunas otras áreas anexas están muy bien cuidadas. El edificio central, de estilo italiano, regalo para la ciudad del general Anastasio Somoza García, sigue siendo junto con su balcón del paraninfo, punto de referencia y lugar en donde muchos turistas toman sus fotos.
La perla de la corona la constituye sin lugar a duda la Catedral, elevada hoy a Patrimonio de la Humanidad. La Catedral de León, la tercera catedral colonial más grande de América. (Primero México, luego Lima y esta Catedral de mi León de Nicaragua). Hoy es visitada por gran cantidad de turistas.
Ahí he podido ver la belleza de una linda vikinga, venida de Noruega, Finlandia o Dinamarca contemplando la restauración preciosa que de la majestuosa Vía Sacra hizo la Fundación Ortiz- Guardián. He apreciado la dulzura y fineza de una doctora española que vino a León a prestar servicio social, Sara.
Subtiava, es la otra joya de la ciudad, hoy restaurada, pero eso merece otro artículo, tal vez en algunos días, o en algunos meses, ya que Subtiava es Subtiava.
El autor es abogado
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