Esta semana, el organismo cívico nicaragüense llamado Eduquemos, realizó un evento denominado Modelo de Involucramiento del Sector Privado en la Educación, los casos de Guatemala y Colombia, en el cual se puso énfasis en la idea de que “la clave del éxito educativo está en los docentes” y por lo tanto es prioritario invertir más recursos en su preparación.
La presidente del organismo Empresarios por la Educación en Guatemala, señora Diana Canella de Luna, aseguró al respecto que “para pensar en el desarrollo de los países hay que invertir en educación, principalmente en formación docente”. Por su parte el doctor Ernesto Medina, rector de la UAM y presidente de Eduquemos, expresó que “la prioridad de todas las prioridades debe ser la formación de los profesores, para así mejorar los niveles de rendimiento escolar”. Mientras que el empresario colombiano y presidente del organismo Empresarios por la Educación de Colombia, Antonio Celia Martínez-Aparicio, brindó amplia información sobre la experiencia del apoyo empresarial a la educación en su país y reforzó el criterio de que “los docentes están en el centro” del sistema educativo.
Sin embargo en Nicaragua las autoridades de educación hacen lo contrario, según se reveló en el evento con datos del presupuesto del Ministerio de Educación (Mined). Hace tres años se invertían 220 millones de córdobas en capacitación para los maestros, pero actualmente solo se están invirtiendo 70 millones de córdobas, o sea que en el lapso indicado esa inversión se redujo de 10 millones de dólares a 3 millones y pico de dólares, más o menos.
En realidad, está demostrado que sin docentes bien preparados y dignamente remunerados no se puede tener la educación de calidad requerida para que el país crezca y prospere económica y socialmente. Y para que haya docentes eficientes —en todo el sentido de la palabra— y buena infraestructura y cobertura escolar, hay que asignar suficientes recursos presupuestarios a la educación.
Sin embargo, no hay que perder de vista que para asegurar una educación de alta calidad y eficiencia no basta con el apropiado financiamiento público y el respaldo de la sociedad. Se puede tener una educación ricamente financiada pero paupérrima en sus resultados. En Cuba, por ejemplo, se conoce que el Estado gasta en educación casi el 10 por ciento del Producto Interno Bruto y más del 16 por ciento del gasto fiscal, o sea que la inversión educativa en ese país comunista es una de las más altas del mundo, comparable con las de Suecia, Islandia y Noruega. Pero estos países europeos son ricos y desarrollados porque en ellos se educa a los ciudadanos en los valores de libertad, el sentido de emprendimiento y la supremacía de la persona sobre el poder estatal; mientras que Cuba es un país pobre y atrasado porque su educación está orientada a formar siervos del Estado y del partido comunista gobernante.
O sea que el quid del problema no radica solo en la cantidad de recursos que se invierten en la educación, sino también en su contenido y calidad y, sobre todo, en los valores y principios que cultiva y transmite.
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