Alejo Ramírez
Chile, España, Argentina, México, Estados Unidos y el Norte de África. ¿Qué tienen en común estos lugares del mundo? Allí, los jóvenes han logrado situarse en el escenario principal. Como hace 45 años en Francia, emergentes de un fenómeno demográfico que la mayoría desconoce, ocupando, marchando, cantando, muriendo o simplemente indignándose, cientos de miles de jóvenes tomaron la calle, protagonizaron una película que los tenía de actores secundarios o extras.
América Latina tiene el promedio de edad más bajo del mundo, 28 años. China alcanza los 31, África 33 y Europa, última lejos, 41. Este dato marca la plena vigencia del bono demográfico en esos países, lo que significa que las personas en edad de trabajar y producir (entre 15 y 64 años) son muchas más que las dependientes (menos de 15 y más de 65). Esta favorable relación no será eterna, por lo que el principal desafío de nuestra región es aprovechar el bono para que no se vuelva hipoteca.
El bono demográfico no explica por sí solo la realidad de las personas jóvenes. Es habitual escuchar la frase: “Ustedes son el futuro”. Esta sentencia —o condena al ostracismo presente— nos acerca al tramposo cartel “hoy no se fía, mañana sí” de los almacenes de barrio, pero sobre todo a un enfoque de política pública basado en la moratoria, que concibe a la juventud como algo pasajero entre la niñez y la adultez.
El dramaturgo argentino Leopoldo Marechal dijo alguna vez —no sin ánimo de molestar a Borges— que del laberinto se salía por arriba. Y a la hora de las políticas públicas, la mejor manera de saltar la pared es invertir fuertemente en y los jóvenes de nuestros países. Los recursos cuantiosos y bien invertidos deben ser el testimonio del compromiso de los gobiernos con sus jóvenes. Inversión en educación de calidad, en transiciones garantizadas a empleos decentes, en salud sexual y reproductiva; en seguridad social y ciudadana, entre otros. Todo esto bajo una mirada transversal que garantice un accionar coordinado y profundo por parte del Estado.
Sin embargo, falta un elemento clave ante tamaño desafío: un proceso de esta naturaleza no puede hacerse sin escuchar a los jóvenes, sin dejar que nos influyan, que sus ideas nos cambien a todos; sin conocerlos, sin saber de ellos algo más que la tasa de desempleo, el abandono escolar o la tasa de homicidios. Quizá, buceando en sus opiniones, repensemos el enfoque de las políticas y programas que nuestros países les brindan y generemos mejores respuestas a sus verdaderas necesidades. Por eso la OIJ con el apoyo del BID y la CAF y junto con las principales instituciones de la cooperación internacional, realizará durante el segundo semestre de 2012 la primera Encuesta Iberoamericana de Juventudes, un estudio regional en 21 países que contará con más de 25,000 entrevistas, grupos de enfoque y una consulta en línea en la que se espera que 100,000 jóvenes hagan oír su voz. Esta encuesta marcará el pulso de los 150 millones de jóvenes que viven en la región, y esperamos que sea el punto de partida para un cambio necesario.
El cambio es lo único estable y la tecnología es el paisaje, la mata de una jungla en la que nadie se mueve (ni sobrevive) mejor que los jóvenes. Un proverbio chino afirma que si no cambiamos el rumbo llegaremos a donde nos dirigíamos. Y ese golpe de timón, ese viraje, solo lo pueden dar los jóvenes, que son la brújula que nos guía a lo que necesitamos que ocurra; al futuro, en definitiva, tan inexorable como listo para ser construido.
El autor es Secretario General de la Organización Iberoamericana de Juventud.
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