El corazón es una bomba muscular que se llena de sangre (diástole) y luego se contrae para expulsarla (sístole). Esta sangre ejerce una fuerza sobre las paredes de las arterias, las cuales, por ser elásticas, aumentan su diámetro (presión sistólica o mayor) y cuando el corazón se está llenando nuevamente, las arterias reducen su diámetro (presión diastólica o menor). Es por esto que podemos sentir las pulsaciones, correspondiendo cada salto que percibimos en la arteria a cada sístole o contracción del corazón. La presión arterial (PA) es, pues, la fuerza que ejerce la sangre sobre las paredes de las arterias. La unidad de medida de la PA se expresa en milímetros de mercurio (mmHg) o sea la fuerza que ejercería una columna de este metal líquido.
La presión arterial normal es de 120/80 mmHg y constituye uno de los signos vitales (los otros tres son frecuencia cardíaca, frecuencia respiratoria y temperatura). La única manera de conocer la presión arterial es con un equipo llamado tensiómetro colocado, por lo general en el antebrazo, aunque también es posible tomarla en el tobillo o la muñeca.
Cuando se encuentra PA entre 120-139/80-89 se le llama Pre-hipertensión y el diagnóstico de Presión Alta o Hipertensión Arterial (HTA) se hace cuando se encuentra PA mayor de 140/90 (Estadío 1) o mayor de 160/100 (Estadío 2). Esta enfermedad es muy frecuente porque afecta al 25 por ciento de la población (1 de cada 4), razón por la cual todos los adultos deben tomarse periódicamente la presión aunque no tengan síntomas.
En el 90 por ciento de los casos (9 de cada 10 enfermos) no se logra encontrar una causa, por lo que se llama Hipertensión Esencial o Primaria y solo nos queda darle tratamiento. En el 10 por ciento restante puede encontrarse causa y se le llama Hipertensión Secundaria. Las causas pueden ser: uso de algunos medicamentos usados por largo tiempo, como antinflamatorios, anticonceptivos y algunos antidepresivos; algunas enfermedades de los riñones; trastornos hormonales de la tiroides, páncreas o glándulas suprarrenales; uso de alcohol, tabaco y drogas y estrechez (coartación) de aorta. El tratamiento exitoso de las causas puede curar al enfermo, pero la mayoría requerirá tratamiento de por vida.
Cuando la PA permanece elevada va dañando el corazón (infarto), el cerebro (derrame), los riñones (insuficiencia renal), los ojos (ceguera) y las paredes arteriales se debilitan y pueden romperse. La mayor parte de los pacientes hipertensos no padece ningún síntoma y dicen sentirse bien hasta que ocurren daños irreversibles que pueden llevar al enfermo a la muerte. Es por eso que la HTA es conocida como “el asesino silencioso”.
Rara vez un paciente hipertenso puede tener síntomas al inicio de la enfermedad, como dolor de cabeza, sangrado de nariz (epistaxis), zumbido de oídos, mareos, cara enrojecida, náuseas, vómitos, dolor en la boca del estómago y fatiga.
El tratamiento debe ser establecido por un médico (no automedicarse) y es individualizado. Incluye bajar de peso (si está obeso), dejar de fumar, disminuir consumo de alcohol, llevar una dieta rica en frutas y vegetales y baja en grasas y sal (evitar alimentos preservados), hacer ejercicios: caminar, correr o nadar 30 minutos diarios, cuatro a cinco días a la semana.
El tratamiento con fármacos incluye medicamentos para bajar la presión, para bajar el colesterol, para aumentar la producción de orina y para prevenir la formación de coágulos dentro de las arterias y venas. El objetivo del tratamiento es mantener PA menor de 140/90 y, si el enfermo es diabético, menor de 130/80. Es la única manera de prevenir las complicaciones.
El autor es Cirujano General
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