La ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos en Londres rebasó todas mis expectativas, los detalles sobre el carácter inglés, su cultura y su historia en el show ideado por Danny Boyle fueron extraordinarios y en términos nicas “la sacó del estadio”, literalmente, que ya de por sí es monumental y ultramoderno.
En tan solo seis minutos que duró el espectacular viaje de la Reina en helicóptero al estadio olímpico, escoltada por el agente 007 James Bond, antes de que ambos se lanzaran en paracaídas, la escuadra “Felices y Gloriosos” da al mundo una lección de respeto a sus instituciones y veneración a sus héroes y símbolos patrios. No asoma ni el más pequeño vestigio de propaganda partidaria que abunda en nuestras latitudes.
Quizás la primera lección cuando James Bond llega a traer a la Reina para llevarla al estadio, es de puntualidad británica. La Reina no se inmuta a pesar de que le advierten que ya llegó Bond, hasta que suena la campana del reloj que marca las 8:30 p.m. Hora que estaba supuesta a iniciar la ceremonia de apertura, en ese momento Bond finge tocer para llamar la atención de la Reina.
El helicóptero pintado con los colores patrios del otrora “imperio británico”, despega raudo de Buckingham Palace y por donde nos lleva Boyle, en primer lugar por la torre del Big Ben, el gran reloj ícono de Londres que nuevamente nos recuerda el tiempo 8:35 p.m. Una constante en el carácter inglés, famoso por su obsesiva puntualidad y atención al detalle.
Luego el helicóptero sobrevuela la Plaza de Trafalgar con la estatua del almirante Horacio Nelson, cuya carrera militar y heroísmo se inicia en Nicaragua, con la toma del Castillo de la Inmaculada Concepción el 29 de abril de 1780.
Luego nos da un vistazo al monumento a Winston Churchill, que cobra vida y saluda el sobrevuelo con su bastón.
Luego el helicóptero sobrevuela al ciudadano común de Londres que saluda con la bandera británica pintada en la cara y a un grupo que está en una azotea descorchando una botella en saludo al destellante viaje de la Reina hacia el Estadio Olímpico.
Finalmente el helicóptero pasa debajo del Puente de Londres, otro ícono de la ciudad que exhibe un gigantesco emblema de los cincos aros olímpicos y finalmente el helicóptero se detiene y se mantiene sobre el estadio, mientras los dobles de la Reina y James Bond se lanzan con paracaídas que exhiben nuevamente la bandera británica.
En los seis minutos que dura este brillante corto metraje Boyle exhibe rasgos inconfundibles del carácter inglés, la grandeza, el humor, el patriotismo y la historia llena de grandes y victoriosas batallas, listos para dar al mundo lo mejor de su gran nación.
Más adelante el extraordinario comediante Rowan Atkison se roba el show sin pronunciar una sola palabra, interpretando su propia y original versión de la canción épica Charriots of Fire ”. Quien no se ríe tiene que haber estado muy mal humorado ese día.
En todo el espectáculo Boyle hace un repaso cultural sobre la historia británica y su música, si Gran Bretaña dejó de ser un imperio militar en el siglo XX, su música continuó su expansión por todas las razas del mundo y es un común denominador que identifica al ciudadano del mundo con los británicos.
Así que para concluir el show, que a mi juicio superó al de Beijing en el 2008 (lo que ciertamente era una meta muy difícil), Danny Boyle nos deleita con la presentación del famoso ex Beatle, Sir Paul McCartney, quien a pesar de su avanzada edad, aún le queda mucha cuerda y puso a todo el mundo en el estadio a cantar Hey Jude .
Quizás para nuestro entorno el mensaje de Londres es que se puede hacer un recorrido por la historia, la cultura y la idiosincrasia de un pueblo, exaltando sus valores y sus logros a lo largo de la historia, sin recurrir a un ápice de politiquería, de partidarismo, que hubieran hecho deslucir cualquier evento.
Ni un color chicha, ni una flor esotérica, ni una valla con la foto de la Reina o del Primer Ministro, ni una bandera partidaria, únicamente la bandera nacional y la bandera olímpica.
El autor es diputado por la Bancada Democrática Nicaragüense.
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