La Nicaragua cotidiana está ya hecha a la medida del matrimonio Ortega Murillo: la estrategia que combina hábilmente a George Orwell con Josef Goebbels les ha resultado magnífica; se mantienen los superfluos gastos en árboles navideños de todo tiempo, periódicamente cambian los rótulos de calles y carreteras de todo el país con los rostros de Daniel Ortega y ahora de ambos; con mensajes extraídos de la Biblia y que recitan frases con las que sugieren que Dios está con ellos. Hay láminas de zinc para rato y programas clientelistas que generan algunos beneficios a sus partidarios. Algunos éxitos relativos en el combate a la extrema pobreza y luego, más de lo mismo: pobres-pobres y ricos-ricos y una pequeña e incipiente clase media más preocupada por afianzarse como sector consumista que en reivindicaciones políticas, las que les son irrelevantes. Y como telón de fondo, un liderazgo político que no pega ni encanta a nadie, generándose en la nación una anomia dañina para nuestro destino democrático.
Solo unos pocos parecen estar dispuestos a construir alternativas verdaderamente opositoras lo que pasa, necesariamente, por el diseño de políticas de alianza, pero no al estilo del caudillismo que lastra las posibilidades de avanzar en la modernización, entendida como el arte del bien común.
Mientras nos regodeamos en la indefinición, la nación nicaragüense comparece dividida entre los fanáticos orteguistas y aquellos que desean vivir en paz y sin problemas, ni “lucha de clases”
El “modelo híbrido” se está imponiendo por la fuerza. La corrupción es ya normal, ya que no hay contraloría ni sanción para los corruptos. La demanda democrática está extinguiéndose frente a un gobierno que no responde ni tiene el más mínimo interés en demostrar buenas intenciones frente a las recomendaciones de europeos, norteamericanos, OEA, y cualquier otra instancia que pretenda que Ortega reaccione. No hay una oposición política organizada ni mucho menos combativa. No hay un liderazgo capaz de aglutinar el malestar generalizado de aquellos que no se tragan el cuento de esa Nicaragua socialista, cristiana y solidaria. El colmo es que no habrá cambios en la composición del actual Consejo Supremo Electoral, la suma del cinismo y el descaro.
¿Será esto lo que los nicaragüenses nos merecemos?
La realidad actual lo que refleja es una nación acomodada y resignada a este régimen de un reyezuelo que se desplaza por las calles de Managua en un Mercedes Benz, protegido por 10 unidades de la Policía Nacional. Que tiene acumulada una fortuna inauditable de millones de dólares y que acabó con la Constitución declarándola inconstitucional. Que gobierna de hecho y que usa la ley con la famosa definición del prócer mexicano, don Benito Juárez: “Para los amigos justicia y gracia, para los enemigos, la ley”.
Que dividió a la Iglesia católica comprándose un cardenal y varios obispos y “curitas” de parroquias que reciben la “limosna” del generoso fondo familiar Ortegamurillo.
Parece que una tormenta se acerca pero no llega, gracias a esta “paz social” muy próxima a la paz de los cementerios.
¿Cuál será al final el camino que tomaremos?
El autor es diputado de la Alianza PLI en el PARLACEN
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