La familia: el lugar de la persona

Annabelle Sánchez Duarte   

Importantes y de interés nacional considero los debates, en Nicaragua, por la sorpresiva aparición del Código de la Familia. El análisis de este documento debió hacerse hace tiempo pero, los “políticamente correctos”, sacan a luz lo que les interesa, en su momento, para obtener réditos particulares o partidarios. ¡Qué coincidencia!… en días pasados tuvo lugar un Congreso de familias, en Milán, Italia. Y hace escasas semanas hubo en Madrid, España, el Sexto Congreso Mundial de Familias, dispuestas a defender una institución de Derecho Natural y no de caprichos o veleidades de miembros de la sociedad del siglo XXI.

Para fundamentar lo que “cae por su peso”, un ilustre orador visitante del Congreso en Milán corroboró: “La familia es patrimonio de la humanidad”. A toda la humanidad nos pertenece y es el ámbito natural donde la persona se desarrolla como ser humano. ¡Nunca! nada ni nadie aniquilará la familia porque es el hábitat establecido para que la persona se enriquezca, en todos los aspectos propios de su ser humano.

La familia: ¿el lugar de la persona? ¡Cierto! La persona es un ser dotado de inteligencia, voluntad, sentimientos, emociones… elementos biológicos y tangibles. La persona es un ser racional y afectivo necesitado de todas las atenciones indispensables para su desarrollo armónico e integral, correspondiente a su dignidad humana. Además, su ser sociable, es una dimensión que reclama la atención de otros seres humanos y viceversa. La familia natural, compuesta por un hombre y una mujer, además de otros miembros consanguíneos como los hermanos, abuelos, tíos y primos, es el espacio primario para compartir con otros seres humanos que le ayudan a desarrollarse en su integralidad.

Algunos movimientos equivocados ideológicamente se “escandalizan” y gritan consignas reclamando, ellos y ellas, sus “derechos humanos”: esto es ilógico y choca frontalmente con lo establecido por la ley natural. La familia natural está inscrita en la naturaleza humana y se basa en la unión voluntaria de un hombre y una mujer en la alianza matrimonial de por vida. La institución del matrimonio, sobre todo, ofrece a la pareja amor y alegría, también tiene como objetivo la procreación y educación de los hijos. La unión matrimonial también ofrece seguridad en tiempos de problemas, el fundamento de una sociedad que equilibre el orden, la libertad y la solidaridad entre las generaciones.

La familia nicaragüense no escapa de los ataques que aumentan en número e intensidad: hay un empeño maligno de destruir la familia natural. Las ideologías del control estatal, el individualismo obsesivo y la revolución sexual ponen en entredicho la esencia del matrimonio y de la familia. Es muy peligroso, con cambios en las leyes y las políticas públicas, corromper el significado y la dignidad del matrimonio, devaluar la paternidad, alentar el divorcio fácil y los nacimientos fuera del matrimonio, confundir identidades sexuales, promover la promiscuidad, crear las condiciones para que aumente el abuso infantil, aislar a los ancianos y fomentar la despoblación.

Urge que las familias se apropien del encargo vital recibido de educar, en su integralidad, a las personas de las que son responsables. La experiencia nos demuestra que, para interesarnos en los demás, es necesario que dejemos de pensar en nosotros mismos y nos ocupemos más de los otros. Los padres de familia no deben abandonar su terreno y tienen que defender el derecho de educar a sus hijos, sin interferencias del Estado u otros organismos, movimientos o personas que pretendan arrogarse este derecho natural. ¡Recordemos que las familias componen nuestra sociedad y de ellas depende la salud de la misma!

La autora es doctora en Ciencias de la Educación

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