Auxiliadora Rosales
Pareciera un tema sencillo, pero bien vale la pena tomarse un poco de tiempo y conocer cómo debería de ser la limpieza adecuada de nuestra piel.
Al limpiarla, se pretende remover el polvo, las bacterias, el maquillaje y demás impurezas presentes en la piel. Sin embargo, también es necesaria para que los productos tonificantes, hidratantes y nutritivos penetren y cumplan su función.
De acuerdo con la dermatóloga Tania Iris Aráuz Tinoco, de la Clínica Piel de Ángel, la superficie de la piel se encuentra colonizada por una flora bacteriana, fúngica (hongos) y parasitaria. Esta colonización es beneficiosa, ya que los microorganismos participan en procesos bioquímicos que estimulan el desarrollo del sistema inmune y protege a nuestro organismo de infecciones. Consecuentemente, un lavado agresivo o excesivo favorece la eliminación de estos gérmenes, reduciendo de forma progresiva la flora saprófit y dejándola desprotegida e indefensa frente a posibles infecciones.
La especialista explica que la función principal de los tratamientos de higiene consiste en limpiar la piel con productos específicos, con la finalidad de normalizarla y mantenerla equilibrada. De igual manera, garantiza la integridad de la emulsión epicutánea para no comprometer la función barrera de la piel.
“Si la limpieza de la piel es muy intensa o se realiza con productos que contengan detergentes, se puede alterar el pH y eliminar el manto hidrolipídico (o emulsión epicutánea) de manera parcial o total, quedando la piel desprotegida y con riesgo de irritaciones o infecciones”.
El jabón es el primer producto de limpieza tradicional y más cotidiano de todos los preparados y son el resultado de la transformación química de grasas naturales y lejías alcalinas. Los jabones alcalinos convencionales presentan, sin embargo, algunos inconvenientes para su utilización en pieles sensibles.
La dermatóloga asegura que las personas de piel normal no necesitan jabones especiales, pero sí deben emplearlos con medida para evitar futuras lesiones cutáneas. Aquellas personas de piel seca o con enfermedades inflamatorias deben disminuir en lo posible el uso del jabón y emplearlo solo en las áreas de mayor sudoración.
“Los jabones antibacterianos deben reservarse para casos de infecciones en piel y evitar de esta manera alterar la ecología cutánea y en consecuencia el desarrollo de gérmenes patógenos en piel no infectada”.
Los detergentes sintéticos se utilizan en aquellas pieles que no toleran los jabones convencionales o para afecciones dermatológicas. En ocasiones incorporan productos como el azufre, recomendado para pieles grasas o con acné, con el fin de regular la secreción sebácea.
Los geles hidroglicólicos, productos en forma de gel, que limpian la piel sin necesidad de sustancias grasas son recomendables para pieles grasas.
Se debe tomar en cuenta que los jabones cosméticos están repletos de grasas, aunque ahora la moda es el jabón sin jabón, los llamados “syndets”.
El agua, entre más caliente está, más desengrasa la piel.
Según la Academia Española de Dermatología y Venereología, la piel está preparada para una única ducha al día. “Si nos excedemos y repetimos el acto varias veces a lo largo de una misma jornada sin poner en práctica hábitos como el de ducharse únicamente con agua y sin jabón, en las segundas y terceras duchas el exceso se puede saldar con la aparición de algunas enfermedades como la dermatitis atópica, infecciones y eccema por contacto”.
La especialista recomienda el uso diario de emolientes y humectantes para hidratar la piel que debe ser incluida en la rutina de belleza y salud.
“Las sustancias humectantes colaboran en el mantenimiento de los niveles hídricos de la piel. La sustancia más conocida y más ampliamente utilizada es la glicerina o glicerol”.
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