Sergio Ramírez

Llegando a la Cumbre

Cuba fue readmitida en el seno de la OEA mediante una resolución de consenso alcanzada por los cancilleres americanos en San Pedro Sula en junio del año 2009, casi medio siglo después de haber sido decretada su expulsión. Por consenso quiere decir que Estados Unidos no se opuso a la resolución, de la que a instancias de Venezuela y Nicaragua fueron eliminadas palabras con filo como libertad, democracia, derechos humanos.

De todas maneras, fue una resolución condicionada, porque se estableció que Cuba debería tomar la iniciativa de solicitar su reingreso, y acogerse a los propósitos y principios de la OEA que de todos modos incluyen las palabras prohibidas: libertad, democracia, derechos humanos. Cuba persiste, sin embargo, en declarar que no le interesa reingresar en la OEA, calificada en los tiempos más duros de la guerra fría por Fidel Castro como “ministerio de colonias del imperialismo”.

Estados Unidos no se opuso a la resolución de San Pedro Sula porque, a pesar de que mantiene el añejo bloqueo sobre la isla, tan añejo como la resolución de expulsión, ya no goza dentro de la OEA de la sólida correlación que le dio, entre otras cosas, el aval para la invasión a República Dominicana en 1965; o antes, en 1960, cuando Washington decidió abandonar al Generalísimo Leónidas Trujillo a su propia suerte, tras el fallido atentado que sus servicios secretos orquestaron contra el presidente Rómulo Betancourt, y la OEA, reunida en San José, Costa Rica, puso en cuarentena al dictador dominicano que no tardó en morir asesinado.

Esta correlación favorable ha cambiado de manos y ahora quien la tiene es el presidente Chávez, asunto de los tiempos que corren. En la OEA cada país cuenta por un voto, sea la mínima isla de Santa Lucía, o sean los poderosos Estados Unidos, y la mayoría de los pequeños países insulares del Caribe se alinean no con Washington sino con Venezuela, gracias a la magia atractiva del petróleo barato, o gratuito, igual que se alinean sus socios del Alba. Por eso fue que se aprobó la dual resolución de San Pedro Sula, pero solo como una manera de dar satisfacciones morales a Cuba, lavando así la afrenta de la expulsión decretada en Punta del Este en 1962, sin un solo voto en contra y seis abstenciones púdicas, ya que “el marxismo leninismo es incompatible con el sistema americano”, según reza la resolución.

No había entonces gobiernos de izquierda, ni gobiernos populistas de izquierda en América Latina; hoy, por el contrario, abundan, y sus naturalezas son de lo más variado. Hay movimientos guerrilleros marxistas transformados en partidos políticos que ocupan el poder en El Salvador y en Nicaragua, y ya no asustan a la empresa privada; un viejo tupamaro está sentado en la silla presidencial de Uruguay, una combatiente de la guerrilla urbana, torturada por la dictadura militar en su juventud, en la silla presidencial de Brasil, y un líder sindical indigenista en la de Bolivia, y ya nadie toca a rebato por eso. Y también han entrado en los palacios presidenciales golpistas mesiánicos como Chávez, que habla con la misma retórica antimperialista con que hablaba Fidel Castro en aquellos tiempos de la expulsión, pero, por lo visto, en Washington no lo toman muy en serio.

A Estados Unidos, sin una mayoría fiel en la OEA, aunque sea su mayor contribuyente financiero, no parece importarle mucho el sistema interamericano de hoy día, tan cambiado y tan diverso. Saben que ni Cuba, ni Venezuela, representan amenaza alguna para su seguridad nacional. Las coordenadas que definen sus preocupaciones militares pasan ahora mucho más lejos, por Afganistán, Pakistán, Siria, y en general el medio oriente.

El presidente ecuatoriano Rafael Correa revolvió el agua al declarar que no participaría en la Cumbre de Cartagena a menos que el presidente de Cuba fuera invitado, lo que obligó al presidente Juan Manuel Santos a viajar a La Habana a explicar que no había consenso para extender esa invitación, un extraño y delicado acto diplomático: vengo a informarte que no estás en mi lista de invitados, y espero que no te molestes por eso; es decir, no está en la lista porque se haya de por medio la oposición de Estados Unidos, pues el presidente Obama, eso sí, no puede salir en la foto oficial de familia, sonriente y saludando con la mano en alto, al lado del presidente Raúl Castro, menos en un año electoral.

Ahora Correa se ha quedado solo en el desierto, porque sus aliados del Alba han confirmado que sí irán, bien aprendida la lección de que no se debe jugar al aislamiento, y Raúl Castro se conforma con no ser invitado, ni a esta ni a las cumbres que vienen, si es que su régimen sigue allí, mientras asista un presidente de los Estados Unidos, sea demócrata o republicano, que en eso hay pocas diferencias.

La política de Estados Unidos hacia Cuba seguirá siendo dominada por la inercia, no mover las cosas de donde están, y por eso es que el embargo no será levantado, ni aún si se da una segunda presidencia de Obama, aunque convenga al cambio democrático en Cuba. Paradojas de la inmovilidad, porque hoy en día, cuando la Unión Soviética es ya solamente un asunto de los historiadores, los intereses estratégicos de Estados Unidos no pasan por el caso de Cuba como cuando la crisis de los cohetes en 1962, el mismo año de su expulsión de la OEA.

No hay más mundo bipolar, ni supremacía económica absoluta. La realidad global ha cambiado los mapas geopolíticos. Y si hoy hay un interés estratégico de Estados Unidos en el hemisferio, no es otro que el tráfico de drogas, como acaba de verse con la cumbre tripartita sobre seguridad celebrada en Washington entre Obama, el presidente Calderón de México y el primer ministro Harper de Canadá: el tema de seguridad es la droga. Y por muchos adornos y adobes que tenga la agenda de la Cumbre de las Américas de Cartagena, la droga será también el tema.

El autor es escritor. Providence, abril 2012.

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