Julio Icaza Gallard

¡Viva La Pepa! ¡Vivan las cadenas!

Bajo el signo de los doscientos años de la Constitución de Cádiz, los días 16 y 17 de noviembre, en el bello puerto andaluz, tendrá lugar la próxima Cumbre de jefes de Estado y de gobiernos iberoamericanos. Cifra de nuestras aspiraciones y fracasos, “La Pepa”, así llamada por haber sido proclamada un 19 de marzo de 1812, día de San José, fue el primer intento de superar la crisis imperial de España y sus vastos territorios de ultramar, a través de la asunción de los principios políticos de la modernidad. Tránsito accidentado del orden cerrado a la sociedad abierta, que forzó la independencia de las provincias americanas y, tanto en estas como en la península, significó división y desintegración, enfrentamiento y guerra civil, anarquía y dictadura. La Pepa buscaba sustituir el viejo principio de legitimidad, basado en la autoridad divina de los reyes, por el moderno que fundamenta el poder en la soberanía nacional; derivar el poder, en suma, de un pacto social, sometiéndolo a los límites de una Constitución escrita.

Estas eran las ideas liberales que, lo mismo que en América, debieron enfrentar la pronta reacción monárquica absolutista. Al “¡Viva La Pepa!”, que en España se acuñó como sinónimo de libertinaje, sucedió el Manifiesto de los Persas y el regreso a Madrid de Fernando VII, en su carroza halada por el populacho al grito de “¡Vivan las cadenas!”

Dos centurias después, la nueva legitimidad iniciada en Cádiz parece haberse impuesto en el mundo iberoamericano. A saltos, entre desórdenes y autoritarismos, los principios democráticos han sido al cabo ampliamente aceptados. Aún en las peores épocas de las dictaduras militares estas fueron vistas y se autoconcibieron como regímenes de excepción, soluciones transitorias y extremas, que confirmaban la regla general, representada por las instituciones republicanas.

La legitimidad representada por la democracia moderna occidental ha sido retada, sin éxito, por el comunismo y el nazifascismo. En Iberoamérica la Cuba de Castro ha funcionado sobre una pretendida nueva legitimidad marxista revolucionaria. Intento que, como se ha demostrado, ha consistido en un regreso disfrazado del viejo absolutismo, esta vez despojado de las referencias al más allá, pero encarnado en las feroces divinidades terrestres del Partido Comunista y su eterno secretario general.

Más recientemente, se trata de llenar el vacío dejado por el fracaso de la utopía socialista con el culto al héroe, el supuesto advenimiento del superhombre y la democracia directa de las masas, del neopopulismo. Una legitimidad basada en principios y valores, reflejo de una idea de la dignidad intrínseca del ser humano, quiere ser sustituida por otra basada en una efectividad pragmatista llena de espejismos, reflejo de una idea del poder como fin en sí mismo, al que todo debe estar subordinado.

Que en Cádiz vayan a encontrarse mandatarios de limpias credenciales democráticas con déspotas como el heredero del monarca cubano, Raúl Castro; un fascista tropical como Chávez que, en medio de su enfermedad y delirios de grandeza, mezcla citas de Nietzsche con sus acostumbrados improperios; y personajes tan siniestros como un Daniel Ortega, producto de una violación constitucional y un fraude, que abominan públicamente de las elecciones y el pluralismo de partidos; demuestra que el ciclo histórico abierto por los constituyentes de Cádiz no se ha cerrado. Y que la idea de la democracia y el Estado de Derecho, como única fórmula capaz de garantizar la convivencia pacífica de una diversidad de ideologías e intereses, sigue enfrentando de este lado del Atlántico los viejos fantasmas de la intolerancia, el poder absolutista y el irrespeto de las libertades y derechos ciudadanos.

El autor es jurista y catedrático universitario.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí