Hace poco tiempo le diagnosticaron cáncer a un amigo, un gran hombre, de esos que uno dice: “Cuando lo hicieron usaron bondad como materia prima”, es de esas personas que dan hasta su comida y uno piensa que a esa gente todo le debería salir bien. El médico le dijo: “El PSA está tan alto que no es prudente tocar la próstata, sería como tocar un hormiguero, o un avispero así que le propongo dos alternativas, la castración o la terapia antihormonal”. La desventaja de la primera es obvia, mi amigo nació con ellos y quería morir con ellos; la segunda el costo económico. Fue ahí cuando sentí pesar por la gente adinerada, que algunos llaman ricos, porque si a un adinerado le diagnostican cáncer, solo tiene la opción de morirse del cáncer, pero mi amigo no, él tenía tres opciones. ¡Qué bueno verdad! ¡Qué dicha ser pobre!, si hasta en la Biblia dice: “Bienaventurados los pobres” y en otro pasaje: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al cielo”, que traspolado a nuestra realidad sería: “Es más fácil que una vaca pase por el ojo de una aguja que un rico entre al cielo”. Pero volvamos con mi amigo que aún sigue con cáncer. Les decía que él tiene tres alternativas.
La primera morir de tristeza, porque al no tener dinero por el alto costo económico del medicamento tendría que aceptar que lo capen y al verse privado de la compañía de sus dos redondos amigos que lo han acompañado por más de setenta años, sería presa fácil de la depresión y la tristeza.
La segunda morir de hambre, porque en su afán de no perder a sus inseparables gemelos, haría lo imposible por reunir el dinero para comprar la medicina, cuyo valor mensual es tres veces su salario, y aunque él estaría dispuesto a aguantar hambre no le agradaría ver a su familia languidecer por falta de alimentos.
La tercera morir por el cáncer, ¡qué dicha morir como los ricos! solo que él debería dejar que la enfermedad siga su curso natural y poco a poco vaya dando cuenta de él.
Y mientras luchaba por hallar una solución al asunto, alguien le dijo que en las farmacias del INSS le podían ayudar y puse manos a la obra con las gestiones, y fue cuando me di cuenta que había una cuarta alternativa: morir de fatiga y hastío, por todo el papeleo que hay que hacer para conseguir el dichoso medicamento.
Pero siempre en la desgracia existe algo bueno en el fondo y pude observar la unión, el amor y la solidaridad familiar; la amabilidad y eficiencia del personal de las farmacias del INSS; la excelente atención del doctor Fernando Quant, del hospital Lenín Fonseca, y la fortaleza de mi amigo que a sus 74 años se muestra como un roble invencible.
Ya han pasado varios meses y luego de tanta lucha ya se le aplicó la primera dosis del fármaco. Mi amigo aún conserva sus testículos, la familia todavía tiene que comer y conserva la esperanza que el tumor muera y el próximo PSA haya bajado lo suficiente para darnos tranquilidad y mientras llega ese momento yo me pongo a reflexionar en el porche de mi casa y en mi cabeza suena una y otra vez: ¡qué dicha ser pobre!, hay tantas opciones para morir. El autor es pediatra del Hospital Bertha Calderón, Managua.
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