Agrada la generosa cobertura que tiene la frase “por el bien común”, externada por el purpurado Leopoldo Brenes, el pastor de leve sonrisa y sencilla expresión. Cae refrescante en la superficie donde el nicaragüense transita con sus penas.
El ruego lo inspira la noticia sobre el diálogo entre una delegación —ya nombrada— del PLI, y la que fije la otra parte. La autorización la tiene Eduardo Montealegre para que prevalezca la creación y no la imitación de las desdichas anteriores en que la oposición entró vacunada y salió contaminada por las tentaciones del demonio. Se ha encomendado la fundación de un nuevo capítulo, la oportunidad de lucidez de la razón.
Como directivo consultivo del PLI, siempre congenié con la proporción de darle a la palabra la distinción que merece como símbolo de la civilización y como vía primaria para que a través de ella fructifiquen los resultados deseados. “Por el bien común” y no por la común distribución de los olfateados trozos del pastel nacional, con la consideración y los acuerdos puestos sobre la mesa y no constreñidos por la aridez del silencio o del secretismo, una de las formas usadas en el sistema oficial. Hacer público el evento —lo cual se pide por enésima vez— en el cual se plantearía el rescate de la institucionalidad en andadura por caminos torcidos, sería el síntoma que derribaría las especulaciones, unas escépticas, mortificadas por el recuerdo de pactos, otras iluminadas por la esperanza de que esta vez se romperá el tabú.
Al anunciarse las pláticas se me vino al recuerdo un intento fallido de entendimiento entre el PLI y el doctor René Schick en los días inaugurales de su período. Debo decir que de él y de nadie más es la frase: “El PLI es la reserva moral de Nicaragua”. Estaba influido por su trayectoria, por la sublime terquedad de sus dirigentes de no exponer la virginidad ante ningún depredador.
Según la versión contada por el doctor Virgilio Godoy, cuatro fueron los directivos designados para asistir: los doctores Alejo Icaza Icaza, Víctor Manuel Ordóñez, Juan Manuel Gutiérrez y Rodolfo Robelo. Manifestó su simpatía por la idea de dar los primeros pasos para lograr la invariablemente soñada “unidad liberal” pero él solo no podía. Al liberalismo en el poder le correspondía una cuota más delicada de responsabilidad. Les confesó: “Yo solo no puedo. La acción inmediata es hacer la propuesta a la Convención Nacional. En lo que concierne a mí, tengo las herramientas para cumplir”. Avanzó, superado el introito, y pasó a la oferta para dar en el acto una demostración de voluntad política. “Les ofrezco cuatro ministerios. Escójanlos. Como presidente de la República, estoy facultado”.
La respuesta PLI fue negativa. Cuatro de sus representantes coincidieron en el no automático. “Nosotros no queremos para el partido ningún cargo, ni grande ni chiquito. Nosotros lo que queremos y a eso hemos venido, es que usted saque a los Somoza de Nicaragua. Con ellos afuera pudiéramos entendernos”.
“Es justamente lo que no puedo hacer”, respondió Schick. Ahí no más se hizo añicos la búsqueda del acuerdo. No hubo a nivel de futuro ninguna renovación de las pláticas. Emergieron zancudos en los entes autónomos, pero sin la venia de la estructura opositora.
¿Ocurrirá lo mismo ahora? Eran otras las voces y otros los tiempos. ¿Se repetirá la historia?
El autor es periodista
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A