Aunque no se pueden desestimar los efectos de la visita del papa Ratzinger a Cuba, conviene diferenciar las circunstancias de este acontecimiento y las del anterior, cuando Juan Pablo II hizo historia. Todavía se recuerda el reclamo entonces de que el mundo se abriera a Cuba y que Cuba se abriera al mundo. Está por verse si la segunda condición, a la vista de las reformas recientes, ha sido cumplida por Raúl Castro, ahora al mando después del retiro jurídico de su hermano. Fidel sigue moviendo hilos en la sombra, evitando una apertura más ambiciosa, sobretodo política. El papa, al reunirse con él, lo habrá comprobado. Todavía es pronto para ver si los deseos de Benedicto XVI para que tanto Cuba (su sistema político) como el mundo (su sistema económico) cambien.
Pero el obstáculo más importante para un notable e inmediato impacto futuro de la visita papal reside precisamente en que la comunidad internacional (el “mundo”) tiene un consenso implícito sobre la evolución del tejido sociopolítico de Cuba. En los últimos años, en diversas regiones, pero sobre todo en su entorno geográfico más próximo (desde Bogotá a Ciudad de México, desde Barbados a Disney World, y por extensión al Potomac), se ha estado dando prioridad a la estabilidad. Elusiva la “democracia”, se ha optado por la “seguridad”. Se ha abogado por una cierta dosis de orden en la transición que está encima (pero que el Gobierno de Cuba niega) y se ha recomendado una prudente espera.
Nótese que Cuba está anclada ventajosamente en América Latina. Mantiene relaciones diplomáticas con todos los países, y disfrutando de cerradas alianzas económicas y políticas con algunos (los miembros del Alba). El ejercicio anual de la Asamblea de las Naciones Unidas contra el embargo ya no es noticia. Aparte de que la efectividad del mismo está zapada por el hecho de que Estados Unidos es el cuarto socio comercial de Cuba. Para equilibrar, incluso se ha llegado a un compromiso, aceptado calladamente por La Habana, de que ya apenas se insiste en la condición de la invitación para asistir a la cumbre hemisférica a celebrarse en Cartagena de Indias. Cuba puede decir que se niega a regresar a la OEA y Obama evita la patata caliente.
Desaparecida Cuba como amenaza, Washington solamente teme el estallido de enfrentamientos internos y la incapacidad del sistema, o su connivencia, en provocar un nuevo éxodo descontrolado al estilo del Mariel de 1980, o al derrame de los balseros en 1994. En consecuencia, al otro lado del Atlántico, la Unión Europea mantiene la posición común, pero apenas sin efectividad, ya que cada uno de los países mantienen sus propias relaciones políticas, inversiones, turismo y acuerdos de cooperación al desarrollo. Ahora, la sabiduría popular española pudiera resonar en Cuba con un “más vale no meneallo”. Benedicto XVI lo sabía bien antes, durante y después de su viaje.
Por otra parte, ya ejecutado el guión pactado por ambas partes, ¿debió el papa reunirse con la oposición cubana? Por supuesto que sí, por motivos morales. El problema es que el “minuto, solo un minuto”, que pidió Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, para reunirse con Benedicto XVI, tenía un significado tan fuertemente simbólico y efectivo que nada tiene de extrañar que el régimen cubano se negara en redondo a permitirlo y que el papa no insistiera.
Las prioridades del Vaticano han sido, por ahora, otras. La primera es consolidar la presencia de la Iglesia en Cuba y su evidente mediación y protagonismo en delicadas misiones, como fue en su momento la excarcelación de presos. Paradójicamente, la Iglesia cubana tiene ahora más potencial que antes de la Revolución, en una Cuba mayoritariamente laica y con gran predominio de creencias sincréticas. No es cuestión de minimizar, por lo tanto, la deferencia de visitar Cuba. Ha quedado al nivel de México y Brasil, otras de las pocas escalas de Benedicto XVI en América Latina. Nicaragua y República Dominicana, por ejemplo, tienen una identificación más fuerte con el catolicismo, donde la Iglesia católica es una institución más, quizá de las más fuertes. No por casualidad el gobierno sandinista actual define a Nicaragua como “cristiana, socialista y solidaria”. ¿Adoptarían la Iglesia cubana y el Gobierno ya en la recta final del cambio tal slogan?
Entre los riesgos de forzar una apertura y reforzar su labor de agente de un lento cambio, Roma ha optado por dar al papa (Raúl) lo que es del papa, y a Dios lo que es de Dios. Esta es la actuación pastoral de la Iglesia, como precaria representación parcial de la inexistente sociedad civil. La otra rama es la disidencia. De ahí que Benedicto XVI y el propio Vaticano, en mutua transición, optaran por la prudencia. Apostar a más pudo haber resultado muy arriesgado y causar un desastre diplomático de consecuencias imprevisibles.
Antes de llegar a Cuba, el papa dio un ligero rapapolvo al sistema marxista. Fue respondido por Raúl con un desmentido de la falta de efectividad de la solución comunista imperante, ligeramente edulcorada por las reformas. Al prepararse para tomar el vuelo de regreso a Roma criticó el embargo de Estados Unidos, pero reclamó el derecho fundamental a la libertad de los cubanos. Los duros en La Habana quedaron tan satisfechos como los reformistas.
El autor es catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami
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