Un crimen cultural

Theodor Seuss Geisel, conocido por el pseudónimo de Dr. Seuss, fue uno de los grandes escritores de libros para niños de la literatura norteamericana. Produjo algunas adaptaciones animadas para cine y televisión, asegurando que su distintiva impronta personal se mantuviera, así como material original. En vida, mantuvo férreo control de sus obras originales como si supiera que sus historias, relatadas en delicados versos de irresistible musicalidad, e ilustradas con ingeniosa austeridad, no sobrevivirían en la transición a la pantalla grande. ¡Cuánta razón tenía!

Por Juan Carlos Ampié

Theodor Seuss Geisel, conocido por el pseudónimo de Dr. Seuss, fue uno de los grandes escritores de libros para niños de la literatura norteamericana. Produjo algunas adaptaciones animadas para cine y televisión, asegurando que su distintiva impronta personal se mantuviera, así como material original. En vida, mantuvo férreo control de sus obras originales como si supiera que sus historias, relatadas en delicados versos de irresistible musicalidad, e ilustradas con ingeniosa austeridad, no sobrevivirían en la transición a la pantalla grande. ¡Cuánta razón tenía!

La idea básica de El Lorax está ahí. Él es un ser mágico que da voz a los árboles, tratando de persuadir a los humanos de no destruirlos. Lo que se pierda es la poesía, y con ella, lo persuasivo del mensaje. La película es grotesca y vulgar, similar al opresivo “Grinch” protagonizado por Jim Carrey allá por el año 2000. Esa película de Ron Howard, que rompió los fuegos de las adaptaciones posteriores a la muerte de Geisel, en 1991, marcó la pauta de los filmes por venir. El Gato con el Sombrero (Bo Welch, 2003) fue ampliamente vilipendiada como la peor película del año. Dejé pasar Horton y el Mundo de los Quién (Jimmy Hayward, Steve Martino 2008), pero todo apunta a que hay una tendencia bien marcada. Hollywood ha corrompido la herencia de Geisel.

En El Lorax , la trama se infla y deforma con personajes e incidentes extemporáneos para poder llenar el tiempo de un largometraje. El verso original se suplanta por pedestres diálogos declamados por personajes que parecen estar bajo los efectos de anfetaminas. Abundan los guiños de cultura pop. La acción es constante y frenética. Los movimientos mas simples son ejecutados con barroca exageración. El niño Ted no puede simplemente salir por la puerta de su casa y montarse en su moto. Tiene que dar piruetas en el aire y rebotar en los escalones. Cada movimiento es acentuado con efectos de sonido a volumen ensordecedor. ¡Swash! ¡Boom! ¡Plaff!.. yo solo digo “¡Ugh!” Casi puedo oír a los ejecutivos: “Oh, y si vamos a darle voz al trío de pescaditos, que suenen como Alvin y las Ardillas . ¡A los niños les encantan!”. La bancarrota creativa de los realizadores se une a la codicia corporativa para sacrificar a un ícono de la literatura infantil.

La experiencia de ver la película es dolorosa pero aleccionadora. Aprendí que lo único peor que una película doblada, es una película en la cual un actor angloparlante aprende fonéticamente sus líneas en español, y las declama tortuosamente en diálogos que la enfrentan a las líneas de actores de doblaje hispanoparlantes. La preservación de la voz de Danny DeVito como El Lorax es uno de los puntos promocionales explotados por el estudio. Se anuncia en el poster con una foto del actor. Valientemente, el actor hace lo mismo en las versiones en italiano, ruso, alemán y español. Aprecio su esfuerzo, pero suena tan incómodo como cuando Sting trató de cantar en español en los ochenta.

Es una lástima que Pixar no adquiriera los derechos de adaptación de las obras de Geisel. O quizás nadie debería adaptarlos. Los libros del Dr. Seuss son, en esencia, estilo y ejecución, la antítesis del “entretenimiento” infantil que Hollywood fabrica. Es un crimen cultural que la única exposición que los niños nicaragüenses tengan al mundo del Dr. Seuss, sea a través de películas como esta.

La Prensa Domingo crimen cultural archivo

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