Adolfo Miranda Sáenz

El Dios de los cristianos

Refiriéndose a la Biblia alguien sabiamente dijo que “un texto fuera de contexto solo es un pretexto”. Citar un texto bíblico por aquí y otro por allá de una obra que duró unos 1,300 años en escribirse y que se completó hace unos 2,000 años, sin tener en cuenta el contexto, no es más que buscar pretextos para tratar de desacreditarla diciendo cosas terribles como que Dios es cruel, injusto e inmoral.

Como ejemplo recordemos que Jesucristo dijo que si un ojo es ocasión de pecar nos lo debemos sacar, y si fuese una mano, cortarla (Mateo 5.29-30). Quien no toma en cuenta el contexto —en este caso el lenguaje a propósito exagerado usado por los judíos de entonces para enfatizar algo— tomará esto al pie de la letra y dirá que “Jesús es un bárbaro que nos exige quedar tuertos y mancos”. Así por el estilo se manipula la Biblia afirmando falsedades y sembrando confusión.

¿Dios es injusto por establecer un castigo por los pecados? Si un padre dice a su hijo que no puede jugar sin antes hacer su tarea escolar, y este se va a jugar sin hacer la tarea, ¿no hará bien ese padre en castigarlo? ¿Es injusto ese papá? ¡Al contrario!

Pensemos en el daño del pecado en el mundo: bebés quemados por bombas, huérfanos llorando a sus padres ametrallados, vidas arruinadas por la droga, padres y madres angustiados por sus hijos perdidos, hijos sufriendo por la destrucción de su hogar, gente humillada o calumniada, seres humanos muriendo por falta de pan o de agua potable o de un medicamento, rencor, venganza, envidia, avaricia, lujuria, odio, violencia, muerte… a diario… por millones… en un mundo donde abunda la maldad… ¿Eso no merece un castigo de Dios? Sí… El infierno, que simplemente es autoexcluirse de la vida en comunión con Dios, o sea rechazar voluntariamente la felicidad infinita llamada cielo (Catecismo 1024 y 1033).

Todos somos pecadores y frecuentemente sufrimos desde esta vida el infierno por nuestros pecados (Romanos 3.9-18). El pecado alcanza dimensiones terribles y produce daños incalculables. La justicia divina perfecta no puede obviar que se pague un castigo por nuestras maldades. Sin embargo, el mismo Dios que nos creó se hizo hombre en la persona de Jesús para pagar por nosotros demostrándonos con su sacrificio el horror del pecado y la inmensidad de su amor (Juan 1.1-18; 3.16).

Quienes arrepentidos aceptan esa salvación, son salvos. Los que la rechazan libre y conscientemente, no. Pero aquellos que no la conocen porque no se les ha predicado o se les ha predicado muy mal, serán juzgados conforme su conciencia de acuerdo al bien y al mal que hicieron según la ley que Dios ha escrito en nuestros corazones (Romanos 2.1-16). El juez de todos es Jesucristo aplicando la medida del amor (Mateo 22.34-40; Hechos 10:42).

El Dios que predicamos los cristianos no es —como se ha dicho manipulando la Biblia— cruel, injusto e inmoral. Al contrario, Dios es misericordioso, justo y bueno. El autor es abogado y periodista

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