Joaquín Absalón pastora

La peor de las enfermedades

Toda enfermedad causa lesión en la paz humana. Por muy tenue que sea el diagnóstico, rompe la estabilidad deliciosa de la vida. Pero hay una, terrible e inclemente, cuando se perpetúa en el universo anímico: la enfermedad del poder, y más cuando la víctima no concibe la vida si no está aureolado por sus glorias temporales.

El paciente no fenece en la cama contando los suspiros hasta toparse con el último, bendecido por las lágrimas sinceras. Debe agonizar en palacio asistido por sus cortesanos, rodeado por la bulliciosa hipocresía, cumpliendo con los deberes de su alto cargo, sonriendo falsamente ante las cámaras, por muy afectado que esté, porque el mundo está en suspenso por su destino.

La lesión producida por la enfermedad, de pegarse al poder siendo indolora, es sumamente dañina por ser la motivación de complicaciones en el tratamiento de los padecimientos orgánicos. La enfermedad es mental. No permite precaver.

En este momento un hombre está afectado por una doble molestia: la del padecimiento físico de un cáncer compareciente un par de veces ante el quirófano, y la otra —neurótica— provocada por la reincidencia indómita de no sentirse normal si no tiene en las manos la orden de mando. La vanidad de soportar el dolor, no en el retiro alejado sino en el Palacio de Miraflores, en el centro de la agitación custodiado por el óleo de Bolívar, abrigado por su espada, saliendo de sus salones a menudo para estar de cabecilla en las cumbres presidenciales con todo su ruidoso trajín.

El problema se complica porque el paciente se sale de los límites comunes de ser obediente con el cuidado posoperatorio, pertinente e indicado. Ha salido más de una vez del hospital atacado por dos cánceres: el físico y el mental. Peor este último porque la idea de vender la imagen del súper-hombre evade la disciplina de continuar con la quimioterapia, dejándolas burladas para irse a otros países y honrar la fama de ser un mal paciente, así calificado según los despachos internacionales por los médicos que lo tratan.

La enfermedad mental —la locura de la gloria eterna— no le permite nombrar oficialmente a su suplente constitucional, para no asumir el riesgo de estar en el quirófano atendiendo las complejidades de su agenda, al lado de un gabinete ausente.

Ha pasado por una segunda experiencia. Pero la reiteración del mal en un área de su cuerpo, no especificada por el misterio, no es su mejor consejera. Y va de nuevo a Miraflores acompañado por la versión oficial de sentirse competente para enfrentarse el 9 de octubre al candidato de la oposición unificada y exponerse a la diversidad de vaivenes de una campaña electoral. Y vuelve Hugo Chávez renovado, con la guzla lista para la gran retórica.

En este caso —en el excepcional suyo— no viene siendo el cáncer mismo el solitario mal sino el otro, el causante de cualquier probable complicación. La enfermedad tiene el inconveniente fatal y suicida de priorizar al poder y poner a la vida en un lado secundario.

Esos dolientes están atrapados. Aún con la contrariedad del tumor, se embelesan con que les pongan el himno en las ceremonias, viendo hacia arriba como si el cielo fuera de ellos. Preferible, con la humildad de la sabiduría, sentirse otro mortal en el encanto pasivo de la llanura. El autor es periodista

COMENTARIOS

  1. Gilberto
    Hace 15 años

    Hay de dejaaaaloooooo !!! que trabaje como loco, que se desgaste, que salga con las puntadas recién echas…….. si eso le va a causar la muerte mas rápido a Chavez yo le recomiendo que trabaje mas. No le demos consejos a los tiranos, es mas, no hay nada mejor que inmediatamente después de una operación salir a correr unos 5 kilómetros cuesta arriba, es la mejor recomendación que le puedo dar a Hugo Chavez.

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