A dos meses de la toma de posesión del presidente Daniel Ortega, la situación políticamente en el país está más clara que el ojo de un piche, no existe oposición. El fenómeno es nuevo, mientras el somocismo contó siempre con una férrea oposición, y el sandinismo en su primera versión experimentó el mismo fenómeno, en la actualidad la ausencia de una verdadera y beligerante oposición es algo que se impone.
Mientras la iniciativa privada, con el respaldo de algunas agencias internacionales, auspició en Managua una conferencia de cara a buscar un “reto compartido de construir una visión de nación”, en la que el representante del ejecutivo, Álvaro Baltodano, pintó un cuadro idílico de nuestros avances económicos y los señores del Cosep, con una timidez improvisada, atacaron algunos aspectos de la falta de institucionalidad, sin atreverse a hablar del meollo del problema, como es la ilegitimidad del actual gobierno y del fraude electoral del cual proviene.
Mientras, el PLC no ha podido salir del trauma causado al verse reducido a un escaso 5.9 por ciento del monto del voto ciudadano, y su plan de reingeniería no logra convencer a nadie. Y la Alianza PLI se debate entre la actitud de unos pocos que sigue proclamando la imposibilidad de ir a las próxima elecciones en las actuales circunstancias, ya que dicho hecho es prestarse al juego de Ortega, y la mayoría de los diputados de dicha alianza, que jadean por mantener sus prebendas de cara a negociar con el Gobierno para obtener nuevos puestos, el resto del panorama político es de total pasividad para el Gobierno.
Diálogo, parece ser ahora la palabra mágica. Diálogo para ir a las elecciones y así legitimar el fraude. Diálogo para llenar las tantas posiciones vacantes en los poderes del Estado. Diálogo para mantener los subsidios de los oligopolios nacionales y poder negociar con Ortega, sus cuotas, sus intereses y sus mercados. Diálogo en este momento en que la comunidad internacional (informe de la OEA y la Unión Europea) señala a Ortega y su consejo electoral como: “un retroceso en la calidad democrática de los procesos electorales nicaragüenses por la escasa transparencia y neutralidad con que han sido administradas por el Consejo Supremo Electoral (CSE)”.
Lo que no se comprende de toda esta ópera bufa, que al final resulta nuestro acontecer político, es que no se puede dialogar con el diablo, por una sencilla razón: —es mentiroso, y nunca cumple—. Quienes crean que se van a sentar en mesa abierta, frente a frente con Ortega para negociar o llegar a algún acuerdo de nación, están equivocados. La forma de negociar de Ortega es diferente, los abordará uno a uno, independientemente cada sector: banqueros, Cosep, sindicatos. Alemán (PLC) por aparte, Montealegre (Alianza PLI) por aparte. Otorgándole a cada uno de ellos migajas, que es lo que él sabe dar.
Los echará a pelear unos contra otros, estimulará a alguno en detrimento de otro, pero soltar el poder, ponerlo en la mesa para negociar sin condiciones, hablar del futuro del país, de su conceptualización como nación, de sus retos y de sus limitaciones. De la competitividad a que nos enfrentamos en un mundo globalizado. Hablar de cara a robustecer la institucionalidad, de volver a la senda democrática. Hablar del problema inminente y subyacente de narcotráfico y de cómo evitar que caigamos en una somalización no solo de Nicaragua sino del resto de Centroamérica. ¡Jamás! Firmar me harás, cuenta la vieja anécdota leonesa, pagar ¡Jamás!
Como todo dictador. Después de mí el diluvio y sin oposición: ¡Viva la Pepa! El autor es abogado
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