Iván de Jesús Pereira
El dilema de la oposición es asistir o no a las próximas elecciones municipales. Algunos afirman que es indispensable asistir y esgrimen argumentos tales como: la conservación de las personerías, no dejar los espacios vacíos. En el fondo dichos argumentos esconden la verdadera razón que es: aceptar las migas que el orteguismo les ofrezca. Otros más avispados comprenden la debilidad del orteguismo, saben que su principal problema es su falta de legitimación interna y externa. Comprenden que las variables como la enfermedad de Chávez, lo que pueda pasar en Cuba en los próximos meses, las elecciones generales en los Estados Unidos, la crisis en el Golfo Pérsico, son factores que pueden cambiar el ajedrez político nicaragüense.
Una cosa esta plenamente comprobada en la cultura nuestra. La lucha contra las dictaduras ha alcanzado la victoria, cuando se unen dos ecuaciones: la inconformidad y el malestar interno, junto al apoyo que pueda prestar la comunidad internacional. Así se resolvió la crisis con Zelaya, Chamorro, los Somozas y los sandinistas en los años ochenta.
Actualmente el gobierno de Daniel Ortega controla todo los poderes del Estado, tiene una cobertura jamás vista en los medios de información, dispone de mucho dinero, tiene la mejor maquinaria política, no tiene oposición beligerante y tiene a su favor un pueblo profundamente decepcionado con la clase política existente, que todo parece indicar que tenemos a Ortega por mucho rato.
Ante estos hechos tan palpables como la luz que nos alumbra, el ir a las elecciones municipales no puede ser un fin, sino que debe de transformarse en medio. En instrumento para articular una alternativa creíble y moralmente aceptable. Debe de ser, un medio para volver a reconstruir la república que Ortega nos ha robado.
Por lo tanto alguien que se autoproclame opositor a este régimen, debe de exigir un piso razonable para poder asistir. Debe de haber un mínimo de garantías debido a las terribles experiencias de las tres últimas elecciones pasadas, de lo contrario ya sabríamos cuáles van a ser los resultados.
Esas condiciones mínimas son dos elementos que es necesario contar: primero: Un consensus entre las fuerzas opositoras que desemboque en un amplio frente opositor que se comprometa a rescatar la república.
Segundo: un nuevo Consejo Supremo Electoral compuesto de hombres honorables que existen en todos los partidos, incluyendo los sandinistas.
El ir a la elección sin esas mínimas dos condiciones, se convierte en una operación para legitimar a Ortega, y el partido que lo haga se transforma en una empresa buscadora de prebendas y de halagos, para el beneficio de unos pocos.
No podemos estar deshojando la blanca margarita. “Sí… no… sí… no” Cuando sabemos los que nos pasará.
Se me podrá argumentar diciendo que no basta que se cambie al Consejo en pleno; que lo que hay que cambiar son las estructuras de ese poder del Estado, que es ahí donde verdaderamente se efectúa el fraude. Cierto, pero un hombro honesto puede dar al traste con toda una maquinaria de perversión. Mariano Fiallos Oyanguren es un sandinista cien por ciento, pero antes de ser sandinista, es un hombre honesto, y su persona la noche de la elección en los noventa hizo la diferencia.
Buscar la concertación de la oposición y exigir un cambio del actual Consejo Electoral son las condiciones mínimas para asistir a las elecciones, no nos equivoquemos, lo demás es “zancudiar”.
El autor es abogado