Mario Sandoval

Procura el bien de cuantos te rodean

Mañana domingo en la liturgia de la Iglesia seguimos con la lectura del Evangelio según San Marcos, quien nos presenta al Señor Jesús curando a la suegra de Simón Pedro, realizando muchos milagros, sanando de múltiples enfermedades a todos los que acudían a Él. Queda claro que lo que mueve al Señor para hacer estos milagros es el amor a todos y de forma particular a los pobres y los enfermos.

Hemos de imitar a Cristo en su forma de ser queriendo lo mejor para cuantos nos rodean. Así se ama con obras, de verdad. Será imprescindible para ello imitarle antes que nada en su oración perseverante. La invocación a su Padre celestial llena la vida de Cristo, antecede y sigue a cada una de sus acciones, que, en sí mismas, también son una oración a Dios llena de eficacia en favor nuestro. Solo en la intimidad de ese coloquio sincero se entiende que nuestro Creador y Padre cuenta con cada uno para difundir su amor.

Quiere nuestro Dios que, siguiendo los pasos de su divino Hijo, propaguemos su amor, procurando lo mejor para el resto de los hombres, sus hijos. Y en esa misma intimidad de la oración, que colma de bien como del más precioso tesoro a la persona, encontramos el optimismo, un apasionado amor por todos, la fuerza para poder construir la paz. También en la oración nos sentimos exigidos, nos vemos responsables ante tanto bien por hacer.

Es en la oración precisamente donde se siente —como una lamentable carencia que compromete la propia conducta— la falta de ideales grandes, sobrenaturales, de tantos que, tal vez muy cerca de nosotros, van y vienen ignorantes de lo que se pierden por no tratar a Cristo, por no vivir con Él. Es parte del dolor de amor propio de la oración. Además de dolernos por ver a Dios olvidado y ofendido, nos pesan cada vez más las almas.

El libro de Job nos narra la historia de un hombre que se siente abandonado por Dios en el sufrimiento, la enfermedad, el dolor, la soledad, etc. Esta historia se repite en nuestro tiempo, la sociedad actual se siente de la misma manera, por eso es urgente que nos demos a la tarea de llevar la luz del Evangelio a tantos y tantos hermanos y hermanas que necesitan una esperanza en sus vidas y que sabemos que solo el Señor se las puede dar. Los católicos necesitamos ponernos al servicio de la evangelización desde nuestras parroquias, movimientos de vida apostólica, pequeñas comunidades, pastoral juvenil, familias y toda la Iglesia.

La Diócesis de Granada, con el señor obispo Jorge Solórzano a la cabeza, sacerdotes y laicos de las 49 parroquias estamos organizando una gran misión de evangelización con intercambio de misioneros en los departamentos de Granada, Boaco y Rivas, queremos llegar a todos como nos lo mandó el Señor, estamos convencidos que el hogar y la persona que abre sus puertas y su corazón a Jesús inmediatamente comienza a cambiar su historia, Dios se hace presente sanando las consecuencias de la mala vida, las familias divididas o maltratadas por el pecado son rescatadas por el Señor, quien suscita la unidad y restablece la comunión por el amor.

La Madre de Dios y Madre nuestra nos colmará de la urgencia por ser buenos hijos, dignos hermanos de Jesús. El autor es sacerdote y párroco de San Pedro, Rivas

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