Me comentaba un amigo la experiencia en una tienda, al observar a un padre con su niña de nueve años, cuando la pequeña le pidió con mucho énfasis que le comprara una camiseta del Barsa. “Anda papá cómpramela Doy mi vida por el Barsa”, dijo con mucha seguridad la pequeñita. El padre cumplió su deseo, y no solo la camiseta, sino que también brazalete, llavero y otros artículos promocionales y mi amigo me preguntó: “¿Sabrá esa niña lo que es dar su vida por alguien?”.
Posiblemente este padre, como muchos de los padres de este país no han comentando a sus hijos lo que miles de adolescentes y jóvenes a finales de la década del setenta, por mística o patriotismo y otros por engaño y manipulación, dieron su vida por una revolución ahora traicionada, para derrocar un régimen que había conculcado los derechos elementales del ser humano y que la única forma de defenestrarlo era a través de la lucha armada.
Miles de niños, adolescentes y jóvenes, no saben y quizás no sabrán nunca lo que significó la gesta patriótica de Augusto C. Sandino, Carlos Fonseca, Rigoberto López, Edwin Castro, Ausberto Narváez, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, y centenares de mártires de este país que dieron su vida por una causa.
Así como esta niña en su inocencia afirmaba dar la vida por un equipo de futbol, habrá otros de su generación y de la próxima que también lo harían por este o por otro equipo, o algún ídolo de barro de esos que florecen a diario a través de las campañas mediáticas.
Algunos no son tan niños. En una ocasión escuchamos a un político decir que daría la vida por su caudillo, y cuando este salió maltratado en las últimas elecciones ni siquiera se acercó a ofrecerle las condolencias.
A raíz del último clásico de fútbol y recordando el cuento de mi amigo, hice una breve encuesta entre estudiantes de universidad y les pregunté: ¿Qué celebramos hoy (18 de enero)?, y uno de ellos raudo y veloz contestó: ¡el juego del Barsa y el Real Madrid!
No sé si lo dijo en broma, pero no creo porque cuando les pedí que hablaran de Darío en su aniversario de nacimiento, solo se limitaron a recordar el viejo Chocoyos, luego Metapa, y hoy Ciudad Darío, pero si sabían de memoria los nombres de los jugadores de ese día.
No los culpé, más bien pensé en la educación que reciben en primaria y secundaria, por maestros cuyos salarios no pasan los doscientos dólares mensuales, sin estímulos ni reconocimientos a ese sacrificio.
Me comentaba un historiador, bastante pesimista, que para que Nicaragua cambie se necesitarían por lo menos tres generaciones. La de nuestros hijos, la de nuestros nietos y la de nuestros bisnietos. Creo que se quedó corto, mientras permitamos la forma en que se van formando estas generaciones al ritmo de balones, rotondas, plantones, marchas, consignas y discotecas.
¿Tiene alguna culpa la niña fanática del Barsa, que daría su vida por ese equipo? Obviamente que no. Su padre la acompañará disfrutando el juego en compañía de sus amigos, unas cervezas bien heladas y boquitas frías y calientes, para al unísono gritar con todo el entusiasmo del momento ¡Goooooool!
El autor es abogado y escritor.
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