La dictadura orteguista no es nueva, solamente ha mutado con nuestra indolencia hacia una forma mucho más totalitaria. La nación no debe olvidar nunca que Ortega en los ochenta sacrificó a unos 50,000 jóvenes nicaragüenses y destruyó el país, por la invencible estupidez de la “doctrina del proletariado”.
El antimperialismo tribal del FSLN y la sumisión al dogma comunista de una parte del pueblo, originaron aquella matanza que finalizó solo cuando los dirigentes sandinistas advirtieron que podían perder sus mezquinas prebendas. Una tragedia que terminó en la misma mesa donde pudo evitarse, si la Dirección Nacional hubiera negociado la propuesta del presidente Ronald Reagan de coexistir pacíficamente.
De esa infamia, que ahora se pretende atenuar con el eufemismo seudo heroico de la “guerra de agresión” y de más es capaz Daniel Ortega. Nicaragua sigue lidiando con el mismo opresor que llenó de muerte y destrucción el país. Un perjuicio inconmensurablemente superior a cualquier estrago somocista con que se quiera comparar.
Ortega y sus compañeros de entonces —que ahora se rasgan vestiduras por las arbitrariedades sin hacer nada efectivo por frenarlas— siguen sin tomar responsabilidad de las vidas que se perdieron. Sin entonar un mea culpa, que aunque no resucite a los muertos al menos honre su sacrificio.
Además, fueron líderes como Dora María Téllez, Henry Ruiz o Sergio Ramírez los que permitieron que un personaje tan mediocre como Daniel Ortega se adueñara de una organización tan noble como el FSLN, construida con el sacrificio de hombres que fueron la antípoda moral del actual dictador de Nicaragua. Dice la leyenda que Jorge Navarro cruzó a pie Managua, sin tocar los 25 centavos para el bus de los 50 mil córdobas que cargaba.
Con la patria mal herida, Ortega “desde abajo” saboteó la economía de postguerra. Sembró impunemente el caos y la corrupción política, logrando impedir nuestra transición democrática e instaurar de nuevo su dictadura “desde arriba”.
Pero nuestra indolencia no va a ser eterna, ni los petrodólares de Chávez, ni la pequeña masa de fanáticos que creen que aplaudir desde las graderías los lujos de los jefes del partido es “la última etapa de la humanidad”.
A propósito, Humberto Ortega comparó los sacrificios de la “base” y la opulencia de los jerarcas revolucionarios con el beisbol: “Al estadio entran cien mil, pero en palco solo caben 500. Por mucho que usted quiera al pueblo, no puede meterlos a todos en palco”.
Viendo lo que la historia reserva a los tiranos, los Ortega-Murillo tienen ya poderosas razones para no conciliar el sueño. Además, su extraña mezcla de totalitarismo político-religioso solo conforma una mala parodia del Leviatán de Thomas Hobbes, la teoría del absolutismo político por excelencia con casi cuatro siglos de antigüedad.
El orteguismo igual que Hobbes propone la paz del esclavo. Ceder nuestros derechos al soberano (Ortega) y que él siendo el Estado entonces dicte las leyes, las interprete, juzgue, nombre y desconozca tribunales, diga lo que es justo e injusto. Sin él todo es guerra, (por eso a menudo la ofrece) porque en su paranoia, quien intente un camino distinto debe morir.
“Nada de lo dispuesto por el soberano es arbitrario, todo es bueno, porque acabando con la libertad ajena asegura la paz. El Leviatán tiene la primera, la última y la única palabra. Quien pretenda juzgarlo debe desaparecer”. Lo escribió Hobbes en el siglo XVII, lo practica Ortega en pleno siglo XXI.
¿Hasta cuándo lo permitiremos? El autor es psicólogo.
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