Cuando Rubén Darío en su famoso poema A Roosevelt , refiriéndose al coloso del norte escribió: “Los Estados Unidos son potentes y grandes / cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor / Que pasa por las vértebras enormes de los Andes”; jamás se imaginó que más de 100 años después el líder de la Casa Blanca, Barack Obama, se encargaría de convertir esto en una fina ironía en América Latina, al reducir a su mínima expresión lo que fue la voluntad providencial del poderío norteamericano.
Y tendríamos muchísimas razones para alegrarnos de que así fuera, si lo que estamos viendo en nuestro continente encarnara el pensamiento vivo de José Martí, Simón Bolívar; y Augusto César Sandino. Pero no es así. Lo que estamos viendo, con la complacencia del señor Obama, es que bajo el ropaje de aquellos ínclitos personajes se han disfrazado añejas dictaduras con nuevos nombres: Chávez, Castros, Morales, Correa, Ortega y otros que bailan al mismo son que les tocan, con el propósito común de perpetuarse en el poder, a espaldas de la voluntad mayoritaria de sus conciudadanos.
Hay quienes con sorna todavía se atreven a llamar a los Estados Unidos el “líder de la democracia occidental”. ¿Pero de qué democracia estamos hablando? ¿De aquella que enarbolaron Washington, Jefferson y Ronald Reagan, o de aquella claudicante y pusilánime que hoy prevalece en la Casa Blanca? Porque fuera de los republicanos Ileana Ross Lethinen, Connie Mack y otros que se nos escapan de la memoria, todavía hay en la actual administración demócrata personas que están dudando sobre el trato que se le debe dar al gobierno espurio de Daniel Ortega.
Para los nicaragüenses que estamos en el extranjero (más de 600 mil nicaragüenses), estas son nuestras consideraciones:
Primero: Estados Unidos no puede ni debe traicionar los ideales de los padres fundadores reconociendo a un gobierno que se ha demostrado hasta la saciedad que es producto del fraude electoral más descarado que se registra en los anales de nuestra historia. Tanto los informes de los observadores de la OEA como los de la Unión Europea (UE) y de los observadores nacionales así lo demuestran. Además, está plenamente comprobado que se violó flagrantemente la Constitución de la República de Nicaragua (arto. 147) que prohíbe terminantemente la reelección presidencial sucesiva.
Segundo: consideramos oportuno mencionar lo expresado por el presidente mártir de los Estados Unidos, Abraham Lincoln: “Las papeletas de votación son sucesoras legítimas de las balas”. Cabe aquí recordar que la Resistencia Nicaragüense (RN) depuso las balas a cambio del respeto a los votos libremente emitidos por nuestros compatriotas y ahora eso no se está cumpliendo.
De mantenerse el reconocimiento de parte de la Administración norteamericana al gobierno ilegal e ilegítimo de Daniel Ortega debido al fraude electoral, además de convertirse en cómplice de esa aberración jurídica y política estarían cohonestando cualquier otro medio de lucha que, en defensa de sus derechos fundamentales, tenga que esgrimir en el futuro el pueblo nicaragüense.
Los nicaragüenses dignos y amantes de la democracia demandamos a la Comunidad Internacional que solo debe haber reconocimiento de un nuevo gobierno en Nicaragua, cuando este sea el resultado de verdaderas elecciones libres, justas y transparentes, tal como lo establece la Carta Democrática de la OEA, de la cual Nicaragua es signataria. Hacer lo contrario sería alcahuetear a una dictadura que basándose en malabarismos politiqueros pretende perpetuarse en el poder. Y esto, por respeto a la memoria inmarcesible de nuestros héroes y mártires, no debemos permitirlo jamás. Nicaragua es digna del apoyo de todos los gobiernos y pueblos demócratas del mundo y de un mejor destino.
El autor es secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).
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