La cuestión es no dar por la CELAC más de lo que la CELAC vale. La idea, esta vez de Chávez, no es original. El reclamo de “una OEA sin los EE. UU.”, junto a otros abonados como “Las Malvinas son argentinas”, “mar para Bolivia”, “huelga continental” y “yanquis go home”, viene desde hace bastante mas de medio siglo.
Los intentos no han sido pocos, pero la OEA sigue tan campante. Es como el apéndice, nadie sabe para qué realmente sirve pero ahí está (aunque hay que reconocer que es más fácil de extirpar). Difícil que la CELAC haga temblar a la organización asentada en Washington.
La nueva sigla, aprobada con tan imponente respaldo presidencial, desplaza sí a las cumbres iberoamericanas, que eran una especie de OEA sin EE. UU. y Canadá, pero con el rey y los gobiernos de España y Portugal. Es lógico, entonces, que se repita la condena al “bloqueo” a Cuba y la firme declaración de respeto y defensa de la democracia, avalada con las primeras firmas de los Castro y secundada por Chávez, Ortega, Correa y Morales, mientras los otros aplauden. En la última en Asunción —en donde se declaró al 2012 como el año de la quinua, de lo que no se hizo eco la CELAC— quedó claro que las “cumbres” ya fueron. Igual se vuelven a reunir el año próximo en Cadiz, quizás para festejar a “la Pepa”. Puede que sea la última.
Es probable que el “enroque” responda a que hoy los jefes latinoamericanos se han dado cuenta de qué es lo que efectivamente persigue —y más en época de crisis— la “madre patria”. Es posible que sea solo una cuestión de no aceptar más tutelajes; por lo menos de tipo externo, porque tampoco hay que ser desconsiderado con lo que pueda estar planificando Brasil.
También la CELAC es una demostración de mayoría de edad, y a la vez una revancha y un acto de soberbia, de quienes hoy desde Latinoamérica dictan cátedra de cómo debe manejarse la economía universal. Y de esto están convencidos y ninguno habla de un eventual “nuevo deterioro de los términos de intercambio” pero a favor, ni de una “demanda agregada” (china), que hace subir los precios —y en este caso los de las materias primas— y que en algún momento puede revertirse. Es para preocuparse: ni se acuerdan del caso de aquel presidente español, que se negaba hasta de usar la palabra crisis.
Pero más allá de que Insulza pueda aún seguir tranquilo, no se explica mucho esta nueva arremetida contra la OEA. ¿De qué se quejan? Sobre todo los que más arremeten, a quienes la organización les hace todos los gustos y, “carta” mediante, les ha dado patente de demócratas. Además ¿por qué renunciar a un foro en el que pueden hablar de igual a igual con la principal potencia del mundo? Es perder una ventaja, a la que muchos gobiernos y países aspiran, que solo no afectaría a México y, ojo, a Brasil, que quizás mañana se proponga para ser el vocero y representante del resto.
Lo que la CELAC sí reafirma, ya previsto en la Unasur, es una especie de “reaseguro” ante eventuales quiebres institucionales. Notoriamente esta “defensa de la democracia” se refiere a lo que pueda hacer tambalear al jefe del ejecutivo. Nada se habla de defender la separación de poderes, garantizar la libertad de prensa, asegurar la pluralidad de partidos e ideas y de que haya transparencia en las elecciones y respeto a las leyes electorales.
Se estableció concretamente que cuando un gobierno constitucional (se está hablando del Poder Ejecutivo no de otros poderes y colectivos, tal como pasa en la OEA) “considere que existe una amenaza de ruptura o alteración del orden democrático que le afecte gravemente, podrá notificar la situación a la presidencia Pro Témpore y (pedir) apoyo de la Troika”.
La Troika quedó integrada por Chávez, Raúl Castro y Piñera. Quién lo iba a imaginar: Castro y Chávez como garantías de la vigencia de la democracia en AL. Lo de Piñera, como los de Santos, Calderón y algún otro, añade más dudas a quienes se preguntan cuál es el papel que cumplen y a qué están jugando. El autor es periodista uruguayo, director del semanario Búsqueda.
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