Lo diplomático y la ramplonería son conceptos y actitudes opuestos y contradictorios, porque diplomacia es buena educación, cortesía, lenguaje respetuoso, circunspección y sagacidad, mientras que ramplonería es lo vulgar, de muy mal gusto y chabacano. Sin embargo, aunque lo diplomático y lo ramplón sean opuestos, la verdad es que existe o se practica una “diplomacia” ramplona, al menos en países que tienen regímenes como el de Nicaragua.
En el período de los gobiernos democráticos, o sea de abril de 1990 a enero de 2007, el comportamiento y el lenguaje de los diplomáticos de Nicaragua era impecable, en términos generales. Los cancilleres y vicecancilleres, así como también los embajadores y demás funcionarios de cancillería y misiones en el extranjero, se apegaban a las reglas diplomáticas recomendadas por el gran maestro británico de la diplomacia, Harold Nicolson (1886-1968), tales como el buen carácter personal que implica moderación y sutileza, la paciencia y la calma en situaciones incómodas, y la modestia, para no jactarse de méritos supuestos o reales que lo ponen en ridículo ante sus interlocutores y dañan la imagen del país que representan.
Ese prestigio de la diplomacia nicaragüense se terminó a partir de que Daniel Ortega y el FSLN recuperaron el poder en enero de 2007. Desde entonces, su principal vicecanciller, el señor Manuel Coronel, en distintas ocasiones ha usado expresiones ramplona para referirse a diplomáticos extranjeros, a otros países y a sus gobernantes. Y el mismo Daniel Ortega ha marcado la pauta de esa vergonzosa “diplomacia”, al atacar con palabras fuera de tono a países que él considera sus enemigos, como Estados Unidos y la Unión Europea.
Tal vez para guardar las apariencias, o por conveniencia coyuntural, algunas veces el gobierno de Ortega ha desautorizado a su singular vicecanciller, la última el fin de semana pasado, después que el alto funcionario “diplomático” declaró que el gobierno de Estados Unidos comete asesinatos con bombardeos “por todos lados”.
En cualquier país donde los gobernantes se respetan a sí mismos, igual que a los países y gobiernos con los que mantienen relaciones diplomáticas y de cualquier otra índole, un funcionario que comete faltas tan graves como las del vicecanciller de marras habría renunciado o hubiera sido destituido desde la primera ocasión. Pero al solo desautorizarlo mediante notas de tercer rango, Ortega da la impresión de sentirse a gusto con la conducta y las expresiones de su vicecanciller ya que él mismo las emplea de vez en cuando.
Observadores de la “diplomacia” actual de Nicaragua consideran que el canciller Samuel Santos salva un poco la situación, ya que por lo general usa un lenguaje mesurado. Pero el canciller Santos pinta muy poco en este gobierno, e inclusive se rumora que será destituido y ya no figurará en el próximo gobierno de Daniel Ortega, el cual será de facto, por cierto, porque su candidatura fue inconstitucional e ilegítima y además se impuso mediante una elección turbia y fraudulenta.
Ver en la versión impresa las páginas: 8 A