Científico de la vida

La mejor clase era la de “El Brujo”, el anciano que usaba recipientes, químicos y pipetas para crear pócimas explosivas y encender la fascinación en los ojos de sus alumnos. Flaco, estirado, canoso, apasionado y retraído, el padre vasco Ignacio Astorqui era la viva imagen del científico; una especie de Melquiades silencioso, haciendo mezclas impensables. Entre sus discípulos, en esas filas de jovencitos asombrados, estuvo Jorge Huete, a la fecha el único doctor en Biología Molecular de Nicaragua, graduado en la prestigiosa Universidad de Harvard.

Por Amalia del Cid

La mejor clase era la de “El Brujo”, el anciano que usaba recipientes, químicos y pipetas para crear pócimas explosivas y encender la fascinación en los ojos de sus alumnos. Flaco, estirado, canoso, apasionado y retraído, el padre vasco Ignacio Astorqui era la viva imagen del científico; una especie de Melquiades silencioso, haciendo mezclas impensables. Entre sus discípulos, en esas filas de jovencitos asombrados, estuvo Jorge Huete, a la fecha el único doctor en Biología Molecular de Nicaragua, graduado en la prestigiosa Universidad de Harvard.

Él también lo llamaba “El Brujo”. El padre Ignacio lo sabía, pero no se quejaba. “Era una persona muy noble, muy santa”, recuerda Huete, desempolvando memorias de cuando fue un adolescente privilegiado con una beca en el colegio jesuita Centro América, por entonces considerado el mejor de nuestro país.

Recostado en una silla tras su escritorio, en el Centro de Biología Molecular de la Universidad Centroamericana (UCA), el doctor, hoy de 46 años, evoca mañanas de humo y llamitas. Sonríe. “Le debo mucho al padre”, confiesa, y sigue removiendo recuerdos para poquito a poco sacar a flote la historia de cómo un muchacho cualquiera se convirtió en uno de los científicos más destacados de Nicaragua.

Jorge Alberto Huete Pérez nació en el verano de 1965, en Managua. Fue el octavo de los diez hijos de Carlos Huete, administrador de aduana, y Aura Pérez, ama de casa. Su familia fue nómada a partir del 23 de diciembre de 1972. Esa noche el terremoto los arrancó del sueño y los gritos del padre pusieron a la prole en la calle. Salieron todos a tiempo, segundos antes de que la casa recién comprada se viniera al suelo, igual que casi toda la capital. Entonces comenzaron a mudarse de residencia y los niños de escuela.

La última a la que Huete asistió durante la primaria fue la de Luisa de Marillac, de monjas. Ahí obtuvo la beca para estudiar la secundaria en el colegio Centro América, al que ingresó cuando tenía 12 años. Los jesuitas me enseñaron a pensar, dice, aunque parezca contradictorio, por ser esa una escuela religiosa.

Pensar. Razonar. Parir ideas. El biólogo intenta instalar el sano hábito de la reflexión en sus estudiantes de Ingeniería en Calidad Ambiental e Ingeniería Industrial de la UCA. Llegó a esa universidad hace 12 años, ya con un doctorado en manos, para instalar un sueño. Así nació el Centro de Biología Molecular, donde hoy día se realizan investigaciones genéticas y pruebas de paternidad con ácido desoxirribonucleico (ADN). “En el 30 por ciento de los casos el padre no es el que la mamá dice”, señala el científico, divertido, pero se apresura a aclarar que esa no es una medida con la que se pueda calcular por dónde andan los niveles de infidelidad en el país.

EL LABORATORIO

se mantiene a 18 grados centígrados. Es una nevera gigante con pipetas pequeñitas y una máquina capaz de procesar 400 pruebas de ADN por día. “Pero no llegamos a tanto”, apunta el doctor, que pasa el día helándose en ese cuarto, dando clases o tejiendo detalles para sus investigaciones. En estos días está trabajando hombro a hombro con el químico y premio Nobel de la Medicina 1993, Richard J. Roberts.

Su mejor forma de inspirar a los demás es demostrando él mismo su pasión por la ciencia, a pesar de que esta, como una amante exigente, le consuma la vida.

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Están estudiando peces. Su estructura molecular. Los atrapan en las costas de Estados Unidos y Nicaragua e identifican la variedad de las especies; además precisan la diversidad a nivel genético. “Es una manera de describir mejor esa riqueza magnífica que tenemos. Además, para conservar hay que conocer”, explica Huete, cuya figura envuelta en saco azul se recorta contra el blanco de la oficina. Son paredes de científico. Sobrias, decoradas con la repetida imagen barbuda de Charles Darwin, el padre de la teoría de la evolución biológica por selección natural. Solo hay un cuadro que no rima con los demás. Es la portada garabateada del disco Imagine , de John Lennon, que está ahí como hablando de esos días en que el ahora científico fue un músico.

Durante los años de su secundaria, por amor a la música y también, no lo niega, por estrategia para conquistar muchachas, el biólogo perteneció a los “Amautas”, un cuarteto de chavalos cantores, que interpretaban en actividades culturales, sin cobrar ni un chelín, los éxitos de Los Beatles y canciones propias. No le fue mal en cuestiones amatorias, pero no encontró una relación que lo animara a quedarse. Recibió el flechazo hace 20 años, cuando conoció a la norteamericana Alejandra Cannell, mientras realizaba su doctorado en Biología en la Universidad de California, Estados Unidos. Ahí sus estudios estaban dirigidos a la parasitología molecular.

Por entonces ya tenía una maestría, obtenida con honores en la que fue la Unión Soviética; no obstante, la verdadera práctica profesional, que lo calificaría como científico independiente, era el doctorado. Allí también fue un alumno de notas de 100, y aprendió lo que es el estrés; pues la ciencia exige mucha lectura, cumplimiento de fechas y estricto seguimiento de protocolos. “Te olvidás de vivir”, dice el doctor, y en seguida recuerda que en California una de sus compañeras de clases se arrojó desde un piso número catorce.

—¿Pero su vida de científico es aburrida?

—No. Es fascinante, cuando se está a punto de descubrir algo nuevo y no podés esperar al día siguiente, todo tiene que hacerse ahora mismo.

—¿Solitaria?

—Sí, porque la creación es un trabajo silencioso y abstracto. Aunque ahora estás obligado a trabajar con gente de otras disciplinas.

—¿A veces frustrante?

—Todo el tiempo uno se topa con dificultades. Las ocasiones de éxito en la experimentación son más bien la excepción. Pero en vez de frustrarse uno tiene que recurrir a nuevas formas de resolver los problemas.

UNA DE LAS LEYES

que rigen la vida del científico es: prohibido apoltronarse y desaprovechar oportunidades; por eso en el 2001 Huete sacó el postdoctorado en la Universidad de Harvard, con una beca de la fundación MacArthur. Y en el 2009 se convirtió en el primer presidente de la Academia de Ciencias de Nicaragua. De esa forma adquirió el título del presidente de academia de ciencias más joven de América y, quizá, del mundo. De paso se echó encima el peso de una gran responsabilidad; sin embargo, en lugar de amilanarlo, los baches en la educación y tecnología de Nicaragua lo animan. “¡Hay tanto por hacer!”, se dice a sí mismo, y ha adoptado como hobby la promoción de la academia.

Atrás quedaron los años de “El Brujo” de ojos visionarios. Ahora le toca al profesor Huete inducir a los estudiantes por el camino del conocimiento. Lo que le preocupa es que muchos jóvenes valiosos llegan a la universidad un tanto maleados por la educación recibida en primaria y secundaria. “El sistema educativo nicaragüense no educa de manera científica, solo crea limitaciones, no enseña a pensar”, lamenta. Así que se esmera en el entrenamiento de cerebros y la formación de vocaciones. Asegura que quiere ser un guía, como lo fue el padre Ignacio.

Su mejor forma de inspirar a los demás es demostrando él mismo su pasión por la ciencia; a pesar de que esta, como una amante exigente, le consuma la vida, y pese a los riesgos que van de la mano con sus investigaciones. Hace unos años, por ejemplo, cuando era un novato entre los novatos, estuvo dos días ciego, por haber olvidado ponerse lentes que lo protegieran de los rayos ultravioleta en un experimento. Y en otra ocasión, no se colocó guantes mientras tocaba nada más y nada menos que un cultivo de parásitos de lepra de montaña. Por fortuna, no se contagió. Y la biología lo sigue seduciendo igual o más que antes.

Con tanta entrega a la ciencia, ¿es ateo? “De hecho, soy muy espiritual”, responde. ¿Religioso? “No”. ¿Nerdo? “Menos”. Huete no calza como personaje inadaptado social de la Teoría del Big Bang. A pesar de lo apretado de su agenda, encuentra tiempo para salir con su esposa y su hijo, Gabriel. Sí se entretiene, pero, sobre todo, se cultiva. Su estrategia es sencilla: mantener encendida la chispa de aquellos años de pócimas, estallidos y un brujo inolvidable.

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