Vivimos hoy las consecuencias de lo que podríamos calificar como “populismo salvaje”. El populismo ha sido una corriente política que llevó al poder a varios personajes entre otros a Getúlio Vargas, en la década de los 30, quien da un golpe de Estado en Brasil y se convierte en dictador hasta 1945, con un régimen instaurado de carácter populista, que se denominó Estado Novo.
Después en la década de los 50, el General Juan Domingo Perón con su Evita, en Argentina, aplica igual fórmula, pero la variante que vemos ahora en Nicaragua es quizás la más aberrante, la que se impone mediante el salvajismo. El general Perón, fue reelegido dos veces, en 1952 y en 1973, lo consiguió en ambas elecciones, ¡qué coincidencia!, con el 62 por ciento de los votos. Era un populista y hasta donde se sabe logró ese apoyo en buena ley, sin recurrir al salvajismo de que ha hecho gala Ortega en las dos últimos elecciones en Nicaragua, las municipales de 2008 y las presidenciales de 2011.
El presidente Daniel Ortega, quien acaba de reelegirse pisoteando la Constitución, ha sido un crítico de lo que llama “capitalismo salvaje”, o capitalismo sin ley con predominio del más fuerte, al que ha contrapuesto su populismo: repartir prebendas y pequeñas ayudas a los pobres, sin resolver los problemas de fondo de la sociedad; y reprimir en lo económico a quienes se niegan a respaldar a su régimen.
La política populista de Ortega, sufragada con 500 millones de dólares anuales aportados por el gobierno de Venezuela, derivó en una acción salvaje el 6 de noviembre último, el día de las elecciones, cuando impidió que los votos fueran contados con transparencia, al no tener la oposición, entre otras cosas, fiscales acreditados en más del 20 por ciento de las JRV, coronando así una serie de violaciones a la Constitución y las leyes. Y si el populismo, además de engañar, violenta la ley, sin duda se convierte en “populismo salvaje”. El populismo en sí es una política de ilusiones, hace creer a la gente necesitada que sus problemas principales son resueltos, pero solo reciben alivios. El caudillo dice que ahora la salud es gratuita por completo, aunque en los hospitales la mayoría de los enfermos apenas recibe calmantes. A los jóvenes les promete el futuro, pero la educación pública es peor cada vez y los estudiantes son utilizados con fines partidarios; los planta para agitar banderas políticas en las rotondas, cuando deberían estar estudiando, y hasta los hace marchar por las ciudades en apoyo a dictadores ajenos, como sucedió cuando Gadafi estaba a punto de ser derrocado en Libia.
Algo falló en la política populista de Ortega, este tuvo que hacer, como apuntó el jefe de la misión de la Unión Europea, Luis Yáñez, “trabas y trampas” para en complicidad del Consejo Supremo Electoral (CSE), contar los votos a su manera y tender una gran sombra de duda sobre el origen real de 600 mil votos, que él sumó a su votación histórica (39.9%) de manera sorprendente para ganar con el 62 por ciento.
Si los electores nicaragüenses son los dueños soberanos del voto y, por tanto, los que dicen la última palabra al elegir, tienen derecho a conocer con detalles el resultado del escrutinio y pedir explicaciones. Negárselo, como se los ha negado el CSE, solo puede ser el otro extremo de una tenaza salvaje, que primero trata de engañar con discursos y luego arrebata el voto a quienes nunca fueron atraídos por el ilusionismo populista. El autor es diputado al Parlamento Centroamericano
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