Lo ocurrido en Nicaragua el pasado 6 de noviembre, no debe llamársele “elecciones”, sino un asalto a la conciencia del pueblo. Del mismo pueblo que quiso elegir, y no se le permitió porque pudo más la actitud borrega, y entreguista de Roberto Rivas, quien desde la presidencia del CSE, hizo factible un escandaloso fraude que no tiene comparación alguna con los tiempos pasados.
Es muy sencillo de explicar que Ortega, el obcecado dictador, se haya adjudicado olímpicamente el 62 por ciento cuando en este remedo de “elecciones” todo lo tuvo a su favor, y lo que más abundó fue el abuso, y una clara disposición a todo lo que es ilícito, que es la “normativa” que impulsa al sandinismo-orteguista cuando de hacer el daño se trata.
¿Qué autoridad moral pudiere tener Ortega para seguir descalificando a Somoza, y al somocismo, si él incurre en peores métodos que dejan al descubierto su vanidad, y su extremada ambición que ya rayan los cálculos de la tolerancia? Al menos Somoza no atropellaba la Constitución permitiendo que la Guardia en Servicio Activo votara por él mismo, como lo hicieron en estas supuestas “elecciones” la Policía, El Ejército y los Antimotines, que en una forma abierta hicieron a un lado el uniforme y el fuero militar para tomar partido en una contienda que no les correspondía figurar, ya que se entiende que los militares son apolíticos, y por lo tanto no tienen por qué transgredir tal condición, pero como en Nicaragua el que tiene poder hace lo que le viene en gana, y la ley la vuelven un papel mojado.
La ilegalidad se impuso en todas las Juntas Receptoras de Votos, cuando se constató que elementos afines al actual partido de Gobierno, incluyendo militantes de la Juventud Sandinista votaran por Ortega hasta dos, y tres veces, desafiando abiertamente los mandatos de la Ley Electoral. Al reverso de la boleta solamente ponían una firma, y la ley establece que esta última tenía que llevar dos firmas: la del presidente de la Junta Receptora, y el primer miembro; todos los integrantes de las mismas juntas partiendo del presidente, primero y segundo miembros eran estructuras del Frente Sandinista; a los fiscales de la oposición no les dieron ninguna acreditación y por consiguiente no los dejaron entrar; personas que votaron sin cédula; y a otros fiscales que habían logrado entrar al recinto de votación los sacaron con insolente arbitrariedad.
¿Entonces, con “elecciones” amañadas, cómo podía perder Ortega, si el “cuadro” ya lo tenía previamente rayado, para alargar su temible dictadura por encima de un país huérfano de derechos, y mutilado en sus libertades? El asalto a la conciencia del pueblo, que jamás se había visto en Nicaragua y al paso que vamos ninguna convocatoria eleccionaria a favor de la democracia puede prosperar y hay que convenir que en este país dividido por tantos intereses personales, la honestidad y la buena fe han ido perdiendo credibilidad.
El autor es periodista de Somoto
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