Myrna Dávila Castellón

¿Es feliz tu hijo o hija?

Muchos padres de familia se sienten satisfechos con proporcionar a sus hijos manutención y estudios, sin brindarles atención estos se convierten en adolescentes y adultos.

Supe de una niña que, al abrazar a su madre y pedirle un beso, esta la rechazó diciéndole: “Déjese de tonterías, pórtese bien y nada más”; asimismo me enteré de otra pequeña que reclamó a su madre: “¿Por qué nunca me has dicho amor?” Ante esta actitud ¿podrán ellas ser felices?

He oído a padres de familia expresiones como “no me nace ser cariñoso”, justificando su frialdad. Otros alegan que nacieron “secos” y no pueden actuar de otra manera. Si culpan a su naturaleza de negarles este don, con un mínimo de esfuerzo podrán extraer miel de su corazón con la sola contemplación de sus infantes, pues ¿conocemos otro ser que suscite más ternura que un niño?, ¿cómo una —de esas frías— no se come a besos a su otro yo?, ¿acaso desde niñas no jugamos a las muñecas despertando instintivamente el amor maternal que Dios puso en nosotras?

Recordemos que el verdadero amor está en la voluntad más que en el sentimiento; hagamos pues, felices a nuestros hijos, procurando su bien, aún cuando no tengamos una gran sensibilidad.

Añadamos también la indiferencia que brindan a sus hijos ciertos padres cuando ellos quieren hablarles, pretextando que están ocupados. Existen igualmente padres tan inconscientes que prefieren a un hijo o hija por considerarlo más inteligente o bien parecido o porque —sencillamente— “no se puede mandar al corazón”, juzgando al marginado haragán y descuidado, poniéndole a veces apodos y comparándolo con el otro hermano; pero de nada de esto aseguran darse cuenta los padres; mas el niño rechazado sí lo nota en seguida, creando resentimientos en su corazoncito y lastimándole su autoestima. Ante estas injusticias ¿aún crees que es feliz tu hijo?

Otra postura negativa es infundirles miedo cuando actúan indebidamente, amenazándoles con ponerles una inyección y diciéndoles que tal actitud es pecado, que se los va a llevar el diablo o el mono. ¿Creemos que esto proporciona seguridad al niño?, ¿no será mejor enseñarles el amor a Dios?

Igualmente sufren muchos niños cuando sus padres trabajan fuera del hogar, dejándolos solos; pero lo más triste es que, lejos de desbordar su ternura al llegar a casa, los maltratan por cualquier motivo, creando en ellos una gran decepción. ¿Serán felices estas criaturas?

Y hablando de corrección, hay padres tan salvajes, que proceden como verdaderos verdugos, con severos castigos como acostarse sin cenar, desnudándolos para humillarlos, manteniéndolos parados frente a la pared, y avergonzándoles delante de extraños. Padres que sois así: ¿Pensáis que vuestros niños son los más dichosos del mundo? Corrijamos a nuestros hijos con dulzura para que se sientan amados.

Hay padres que inspiran terror, como el caso de una niña que al obtener malas calificaciones sufrió un desmayo en el colegio al pensar en la tunda que recibiría de sus propios padres. Otra niña se suicidó por este mismo motivo.

Jóvenes hay que —hastiados del maltrato— huyen de su hogar, otros se tornan agresivos; niñas que se apegan a las amigas o se van con el primer hombre que las enamora.

Nunca olvidemos que los niños son niños y como tales actúan; pero muchos padres quieren que procedan como “viejos”.

Si pensamos así, preguntémonos ¿hago feliz a mi hijo (a)?, ¿seremos felices nosotros, si nuestros hijos no lo son? La autora es Secretaria Ejecutiva.

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