La muerte de Muamar Gadafi abre conjeturas no solo, naturalmente, para el futuro de Libia, sino también, probablemente, para ciertos países latinoamericanos en donde algunos de sus actores políticos claves han recibido fuerte influencia de los postulados del Libro Verde .
En el caso nicaragüense, más allá de la cuantiosa ayuda financiera que Gadafi dispensó a dirigentes sandinistas, se pueden observar ciertos rasgos similares en las propuestas ideológico-programáticas y en la praxis política de ambos liderazgos.
Recordemos que Libia tiene el primer lugar en el Índice de Desarrollo Humano y la más alta esperanza de vida de África. Un informe de este año del FMI señalaba un crecimiento del 10.3 por ciento en 2010. La educación y la salud recibían especial atención del Estado y el nivel cultural de su población es sin dudas relativamente alto. Sus problemas no eran, pues, económico-sociales, sino de negación absoluta de libertad y democracia.
Gadafi aborrecía la democracia representativa y los sistemas multipartidistas, propugnando por una estructura de poder ordenada en círculos que ascendían de lo local a lo nacional basada en comités populares que se suponía expresaban directamente la voluntad popular. Estos comités estaban controlados por los comités revolucionarios, que agrupaban a las personas que se suponía habían de preservar el ideal revolucionario del régimen. Estos comités revolucionarios formaban la tropa partidaria de Gadafi en el plano político. Semejanza nada coincidente con la relación, aquí en Nicaragua, entre los CPC y los Comités de Liderazgo Sandinista (CLS).
Libia no tiene Constitución, abolida por Gadafi en 1977, pero usa como fundamento para su modelo el Libro Verde , conjunto de máximas político-filosóficas y comentarios sobre la sociedad cuya interpretación es variable, pero que en última instancia puede legitimar a cualquier autoridad.
Nada estaba regulado, todo estaba basado en principios vagos y cada uno podía mostrar un espíritu más revolucionario que otro en su interpretación del Libro Verde para ganarse el favor del guía supremo —¿Les recuerda a nuestros magistrados interpretando nuestra Constitución Política?
Al abolir la constitución, Gadafi aseguró su poder, pues en todo momento podía crear un nuevo comité para perpetuar su sistema basado en lealtades personales y en la redistribución de una parte de las rentas del petróleo.
En Nicaragua, aunque el presidente Ortega no tiene todavía 42 años en el poder y sí una Constitución a la que debe obediencia, todos sabemos que, cuando lo considera conveniente, gobierna por decreto, que la Constitución es, hoy por hoy, poco más que papel mojado y que los órganos estatales prácticamente no ejercen ninguna de sus atribuciones sin el previo aval de los CPC.
Todavía existe un sistema democrático multipartidario, casi agónico pero multipartidario al fin, de cuya opinión el presidente Ortega no nos ha privado: la democracia representativa es una farsa burguesa que, por el momento, tiene que jugar porque “ni modo” y los partidos políticos son elementos nocivos que dividen a la sociedad, razón por la cual el sistema óptimo —en su opinión— es la “democracia” directa unipartidaria.
Pueblo Presidente o Guía supremo, CPC o comités populares, cristianismo-socialismo-solidaridad o musulmanismo-socialismo-panarabismo solidario son la misma cosa. Meras tretas para escamotearle a los pueblos soberanos su derecho a vivir en democracia. En la práctica, confluyen alrededor de los dictados de una sola persona que ejerce el poder sin límites ni controles.
La experiencia Libia obliga al presidente Ortega a reformular o explicar claramente al pueblo nicaragüense en qué consisten sus propuestas sobre la organización del poder, pues la rebelión del pueblo libio simboliza otro fallido experimento de la democracia directa que él pregona. Dichosamente, también expresa el eterno anhelo libertario de los seres humanos, incluidos los nicaragüenses.
El autor es abogado constitucionalista
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