Mayerling García

Es la primera vez que converso con Mayerling, lo confieso. Recuerdo su silueta caminando por la pasarela de la Universidad Centroamericana (UCA), específicamente por el pasillo de la J, territorio predominante de estudiantes de la añorada Facultad de Ciencias de la Comunicación.

 

Es la primera vez que converso con Mayerling, lo confieso. Recuerdo su silueta caminando por la pasarela de la Universidad Centroamericana (UCA), específicamente por el pasillo de la J, territorio predominante de estudiantes de la añorada Facultad de Ciencias de la Comunicación.

Imposible olvidar su hermosa cabellera y su peculiar vestir, muy libre y desapegado a cualquier protocolo social. Su habilidad para la fotografía ya era más que conocida, incluso para quienes apenas estábamos ingresando.

Ella siempre cautivó mi atención, quizás porque sin conocerla muy bien sabía de su tenacidad, coraje, disciplina y talento. Y no me equivoqué. Sus fotografías hablan por ella, son la voz que no necesitan palabras, el reflejo de ese ser sensible que prefiere observar mucho más que hablar, tal como ella misma lo admite.

Nos presentamos en persona previa a la sesión fotográfica en el estudio de LA PRENSA, lugar que conoce a la perfección y que ella misma eligió pero esta vez no para tomar fotografías, sino para ser fotografiada. No nos dimos el saludo formal de dos desconocidas, al contrario, fue tan cálido que parecía que ya nos conocíamos, y no solo por tener amistades en común, sino por la confianza que entablamos al instante.

En la UCA descubrió que la fotografía era su máxima expresión, un talento que pulió en LA PRENSA, su segunda escuela desde 2003 hasta el 2008. “Fue un período de conocerme a mí misma, ya que la carrera que quería estudiar la cerraron ese año y tuve que elegir una afín a Ciencias de la Cultura. Comunicación Social era la más próxima. Siempre me gustó la imagen, observar y analizar cómo se mueve el mundo, sobre todo las pequeñas cosas. En la universidad participé en diversos concursos de fotografía. Empecé a tomar fotos y a imprimirlas en blanco y negro y a color. Un día las organicé y las traje acá a LA PRENSA, y desde ese día me quedé trabajando”, recuerda.

Estudiar Comunicación Social talvez fue por azar, no así su elección por vivir de la fotografía, aunque la decisión implicara mucho esfuerzo y dedicación. “Mi situación acá fue muy parecida a la de muchas mujeres en el país. Empecé como colaboradora. Recuerdo que solo los hombres tenían algo que hacer, menos yo. Todos ganaban más, menos yo, y la explicación era que temían que me accidentara por hacer mi trabajo.

No fue nada fácil, pero poco a poco, demostrando que yo también podía, se fueron suavizando las cosas y confiaron más en mí. Yo me gané mi lugar porque fui aventada, y gracias a eso aprendí mucho”, reconoce con humildad Mayerling.

Tras seis años y con un nuevo reto que vencer, Mayerling decide dejar LA PRENSA y explorar nuevos lugares que a la vez le permitieran redescubrirse. Son etapas, asegura, etapas que forman parte de la vida, de la que se aferró con mucho positivismo.

“Mis maestros fueron todos los fotógrafos de LA PRENSA. Con ellos aprendí a hacer reportajes fotográficos y documental como las de Germán Miranda o las de Manuel Esquivel. Cuando dejé LA PRENSA, terminó un episodio y comenzó otro. Cuando salí me replanteé lo que tenía que hacer. Agarré mi cámara y comencé por visitar lugares que me gustaban. Fue así como nació El Crucero, un portafolio que lo denomino documentalismo narrativo, porque me enfoco en capturar el estado anímico de la ciudad”, explica.

La sensibilidad de Mayerling trasciende fronteras y en cada imagen lo demuestra. “A través de la fotografía siento que puedo conocer a las personas, basta con solo observarlas. Para mí, la fotografía es magia y es lo que me atrapa, la magia que sucede tanto en situaciones comunes como también en confusas. Nicaragua, por ejemplo, es un país lleno de magia, porque hay mucho surrealismo en las calles y en las personas. No es extraño ver un carro aparcado en medio de una sala, y eso me parece fantástico. La imagen en sí, la estética, los colores, las sombras, las líneas, me atrapan, pero más el sentimiento. Sin ello, la imagen es plana”.

Desde 2009, Mayerling está fotografiando El Crucero, ciudad que la maravilla tanto por sus habitantes como por su estructura. Ama tanto la fotografía que no lo considera un trabajo. PhotoEspaña, uno de los festivales más famosos y reconocidos en España, lo sintió y recompensó en junio de este año. “Para mí no es un trabajo. Es ir a pasear, hablar con los amigos y luego fotografiar. En PhotoEspaña solo expuse cinco fotos, que formaron parte de las 30 que presenté en el visionado que nos realizaron el año pasado. Mis fotos no llevan acción. Se centran en captar el estado anímico de la ciudad. El Crucero para mí es como una guarida que me transmite paz. Haber formado parte del festival de PhotoEspaña ya era demasiado grande para mí. Recibí críticas muy buenas. Conocí grandes fotógrafos, de quienes también aprendí mucho”.

No solo El Crucero forma parte de sus portafolios. Mayerling cuenta con cinco trabajos completos, entre ellos la historia de los pescadores de Casares y la venta ilegal de los animales, inspirada en “la vida y el sentimiento”.

“Quiero seguir siendo libre”

Hoy por hoy, Mayerling no es la misma joven de hace tres años. Ahora es más fuerte, optimista, madura y consciente de que cada día se debe vivir a plenitud. Ama a su familia, a su hijo Diego de nueve años y a su pareja Esteban Félix, pero sobre todo ama su cuerpo y ser mujer.

“A los 28 años me diagnosticaron cáncer en la matriz. No fue nada fácil, pero lo tomé con mucha fortaleza. Consulté a muchos médicos. Uno de ellos me dijo que lo tenía en una etapa avanzada y fue completamente devastador, pero ni así me di por vencida y seguí consultando a otros médicos. El cáncer estaba en primera fase y creo que por eso la cirugía fue todo un éxito, ni necesité recibir quimioterapia. Ser una persona positiva me ayudó mucho, así como el apoyo de mi familia, de mi pareja y mi hijo. Lo difícil vino después. Me caló no tener un órgano, sentía que algo me hacía falta, pero aprendí que hay que ver la vida muy bien, que se puede salir adelante. Sigo siendo la misma, no siento que me haga falta nada para sentirme plena, completamente mujer”.

Sus sueños no conocen límites ni se han reducido. Quiere continuar con sus proyectos, fotografiar sin detenerse y en un futuro adoptar a una niña. “Quiero seguir siendo libre. Mi trabajo me encanta porque me permite serlo. No estoy atada a nadie, soy dueña de mis propios movimientos y parte del plan es seguir ese camino. Como madre, sé que no soy ejemplar, pero trato de darle lo mejor a mi hijo. No es fácil, se aprende porque los hijos nos enseñan a medida que cometemos errores, y ahí está el éxito”.

Archivo Personal Nacionalidad: nicaragüense. Edad: 31 años. Estudios: licenciada en Comunicación Social, especializada en la fotografía. Idiomas: español e inglés. Pasatiempos: hacer ejercicios, escuchar música, hacer nuevas amistades, pasar tiempo con su familia y visitar ciudades que le gusten. Inspiración: la fotografía es la magia que la inspira y la llena por completo, así como su hijo Diego de nueve años y su familia. Metas personales: Mayerling confiesa que no tiene más meta trazada que seguir siendo libre. Ama su trabajo porque le permite ser dueña de sus propios movimientos, así como transmitir sus sentimientos. Logros: en la UCA descubrió que la fotografía era su pasión y cuando lo consideró oportuno organizó todas sus fotografías y las trajo a LA PRENSA y desde ese mismo día comenzó a trabajar. Tras seis años, consideró que ya era tiempo de concluir una etapa e iniciar otra. Su portafolio El Crucero es el resultado de ese salto que dio en su vida, y PhotoEspaña 2011 la gratificación más grande que ha sentido.

“ De un fotógrafo leí una frase que me gustó mucho. Él aconseja que si el fotógrafo está más preocupado por un nombre, por ser famoso, más que por la fotografía, que mejor se dedique a la actuación”.

“A los 28 años me diagnosticaron cáncer en la matriz. No fue nada fácil, pero lo tomé con mucha fortaleza y positivismo. No siento que me haga falta nada para sentirme plena, completamente mujer”.

Estas cinco fotografías forman parte del portafolio El Crucero, presentado este año en el festival PhotoEspaña.

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