Cada vez que se entrevista a Sergio Ramírez Mercado, el explorador quiere sacarle los ojos con el cuchillo de sus preguntas. No ve al Sergio con su pluma sobre la “mesa de honor” puesta en el contorno internacional por los deliberantes que tienen la potestad de premiar en este siglo que corre entre la delicadeza absorbente de los libros —romance en cada hoja de papel— y la presentación de los que llevan plasmadas las vistosidades de la electrónica. Pero los de Sergio son de pliego extendido. Se pueden manosear, se puede palpar en ellos la valía de cada página.
Un día Sergio, fustigado por los inquisidores, aburrido de contestar a tanto escrutador del pasado, tuvo una respuesta que consideré formidable y oportuna, una réplica que tiene de “apaga-fuego” y de vacuna. “Yo veo a la vida con los ojos de la literatura, ya no con los ojos de la política”.
Tuvo lámparas para ver la política, pero el paso definitivo que dio para desterrarla de su destino, le cegó la vista. Como todo pensador opina sobre ella, se ocupa de sus prendas y de sus harapos, pero lo hace como ciudadano y porque no puede separarse del mundo en que vive, pero sin el ánimo de ejecutarla desde el poder donde ciertamente estuvo.
En su calidad de escritor se salvó con la respuesta, de quedar turbado, sin ojos, tal como se lo proponía el entrevistador escalpelo en mano. Sergio vio a la vida en un tiempo, no en la totalidad de su paso por estos puentes, con “los ojos de la política”. No discerniré cómo usó el pañuelo, cuando las circunstancias lo pusieron a enfrentar los cuernos de semejantes toros. Solamente pretendo establecer la diferencia entre ver la vida con los ojos de la literatura y con los ojos de la política. Hay más finura en la visión y la hidratación espiritual con las letras y más aspereza en el ámbito donde sostuvo responsabilidades. Dejó de ser militante de aquel infierno, cantando el “adiós muchachos” en uno de sus libros, no para volver, sino para irse definitivamente.
Me gustó siempre leer a Sergio, desde que siendo estudiante universitario escribía ensayos en la injustamente cerrada Prensa Literaria , sobre los poetas y los “puetillas” desde una ventana que abrió su propia imaginación juvenil, desde aquel ayer hasta este presente en que su obra ofrece un surtido de temas en artículos y libros los cuales admirablemente comparten sustancias, la ficción y la realidad, en novelas que nacen de la base desde las cuales adquieren corpulencia. No existe todavía, no se presume el día en que, en el caso de la literatura vaya a cantarles el adiós a los muchachos de la época que lo acompañan en su función creadora. Y así con el paraíso abierto de los cielos europeos o metido en la casa de su Masatepe natal, escribe para adentro y para afuera, disciplina constante que le ha merecido la dotación de premios cuya valoración internacional honra a Nicaragua, como el que últimamente ha caído en sus manos, el iberoamericano de letras, José Donoso, uno más de alta significación en el camino de los lauros.
Siga el galardonado viendo a la vida con los ojos de la literatura y no con los extraviados de la política… El autor es periodista.
Un día Sergio, fustigado por los inquisidores, aburrido de contestar a tanto escrutador del pasado, tuvo una respuesta que consideré formidable y oportuna, una réplica que tiene de “apaga-fuego” y de vacuna. “Yo veo a la vida con los ojos de la literatura, ya no con los ojos de la política”.
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