Franklin Barriga López

Recuerdo de la barbarie

El 11 de septiembre se cumplirán diez años de que el terrorismo demostró lo que es capaz de hacer, con activistas preparados para matar y morir, alentados por el odio y el fanatismo. En ese aciago día del año 2001, se produjeron acciones sin precedentes en el planeta. En apenas dos horas, miles de personas fueron aterrorizadas, torturadas, quemadas vivas y aplastadas bajo toneladas de escombros, en premeditados actos de asesinato en masa.

Bandas de cuatro a cinco extremistas secuestraron aviones comerciales, a los que convirtieron en misiles con sus pasajeros y tripulaciones adentro. A dos de estas aeronaves se las estrelló en las torres gemelas, catalogadas como símbolo del progreso de Occidente y que se ubicaban en privilegiado sitio de Manhattan; a una tercera, en el Pentágono y la otra, que seguramente iba dirigida a otro alto objetivo (tal vez la Casa Blanca o el Capitolio), cayó en Pennsylvania, luego que pasajeros y tripulantes se enfrentaron heroicamente a los asesinos. Murieron ciudadanos de 86 países, entre ellos de toda América Latina y el Caribe; se afectaron sus intereses no solamente económicos, por ello se ubicó a esos atentados como ataques a la humanidad en su conjunto, ya que las víctimas pertenecieron a todas las religiones y grupos étnicos.

Ante lo acontecido, despertó el planeta y se dio cuenta que no puede permanecer con los brazos cruzados frente al colosal peligro. Nació de esta manera la guerra mundial contra el terrorismo, en aplicación del principio jurídico de legítima defensa que protege individual y colectivamente a las personas y a los pueblos.

El sano raciocinio se resiste a pensar que existan sujetos, grupos como Al Qaeda y hasta regímenes, que fomentan la fobia y la muerte, que hacen del fanatismo su bandera y del acto homicida y la devastación su razón de ser. Lamentablemente, estas aberraciones existen, son de la más grande peligrosidad, ya que viven y se desenvuelven al amparo de la clandestinidad, en medio de las tinieblas. En este ámbito perverso el fundamentalismo tergiversa los valores y prepara a criminales de la peor especie, que fallecen con la mayor sangre fría mientras perpetran sus atrocidades, por cuanto la vida nada les significa.

Nada justifica esos cobardes y traicioneros zarpazos que van por el lado opuesto a la dignidad humana. Este mal no se circunscribe a las fronteras de un país, es transnacional e incluso transcontinental, por eso el correspondiente combate tiene que darse en esos mismos espacios, para preservar a la propia civilización.

Merece absoluto apoyo el pedido que efectuó el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de reforzar la cooperación internacional, para eliminar todas las formas del terrorismo que, el referido 11 de septiembre, reveló los rezagos de barbarie que aún persisten en pleno siglo XXI. El autor es periodista ecuatoriano.

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