El 5 de agosto, lo impensable ocurrió. Una de las agencias que evalúan la capacidad de repago de países, de compañías y de instituciones financieras Standard & Poor’s— bajó el “rating” de los Estados Unidos de AAA a AA+. Esta noticia sacudió al mundo entero. Los Estados Unidos —que desde comienzos del siglo XX era considerado uno de los países más seguros del mundo, si no el más seguro— perdió su status de prestatario élite como Alemania, Francia, Suiza y el Reino Unido y bajó un peldaño al nivel de Bélgica y Nueva Zelanda.
Lo impensable era inevitable. Los Estados Unidos tiene décadas de estar perdiendo su lugar como el país industrializado por excelencia. Después de la segunda guerra mundial, poco a poco se fue erosionando su competitividad. Se convirtió en un país que importaba más de lo que exportaba y en un país deudor en lugar de acreedor.
Estas tendencias se aceleraron hace una década. Varios factores contribuyeron a ellas. Por un lado, los Estados Unidos se vio involucrado en dos largas y costosas guerras (Irak y Afganistán) que han drenado su tesoro. Por otro, la administración Bush intentó financiarlas sin incurrir sacrificios domésticos. Es decir, optó por una política de “armas y mantequilla”. Esto contribuyó a crecientes déficit fiscales.
Al mismo tiempo, las ya ampliamente comentadas burbujas estadounidenses, como la sobrevaluación de viviendas, estallaron llevando la Unión Americana a la Gran Recesión de 2007-2009 que provocó a los presidentes Bush y Obama lanzar programas de estímulo costosísimos que aumentaron el tamaño de los déficits fiscales y, por ende, el endeudamiento de los Estados Unidos. En 2011, ese déficit fiscal alcanzó el 10 por ciento del PIB norteamericano y la deuda pública de Estados Unidos trepó a US$$14.5 billones, equivalente a casi el 100 por ciento del PIB norteamericano. La única vez desde 1900 en que el endeudamiento público estadounidense superó este nivel, en términos relativos, fue durante la Segunda Guerra Mundial, que requirió de un esfuerzo magno para derrotar a los países del eje.
Más recientemente, el pleito entre republicanos y demócratas sobre si subir o no el techo de endeudamiento de los Estados Unidos —a como la ley de ese país establece— demostró la profunda división que existe entre los dos partidos en cuanto a temas económicos y sociales. Temas como el tamaño y rol del estado y el nivel de impuesto y programas sociales. Algunos pensaron que al llegar a un pacto el 2 de agosto que subió el techo de endeudamiento de US$$14.3 billones a US$$16.7 billones, se había resuelto el problema inmediato del “rating” de los Estados Unidos. Pero ese acuerdo fue como ponerle una cura a una llaga mayor. El recorte acordado de US$$2.1 billones en gastos durante la próxima década fue muy poco y muy tarde. Sin medidas más fuertes —un verdadero programa de ajuste estructural— la deuda pública estadounidense superará los US$$20 billones en 2016.
En vista de esta realidad —y quemada por no haber anticipado las burbujas que culminaron en la Gran Recesión de 2007— Standard & Poor’s decidió cruzar el Rubicón y ajustar el rating estadounidense hacia abajo.
¿Cuál será el impacto de esta acción? Teóricamente el interés que Estados Unidos tendrá que pagar para colocar sus bonos subirá y esto se traducirá en tasas de interés más altas en toda la cadena crediticia norteamericana desde tarjetas de crédito hasta hipotecas de 30 años. Digo teóricamente porque estamos navegando en aguas desconocidas y el espectro de una nueva recesión en Estados Unidos y mundial está deprimiendo el crecimiento económico y la demanda para crédito.
La pregunta del millón es ¿volverán los Estados Unidos y el mundo caer en una recesión sin haber salido —a como muchos dicen— de la que oficialmente terminó en 2010?
La respuesta es que la moneda está todavía en el aire. La economía globalizada está siendo golpeada simultáneamente en demasiados frentes. El Japón tiene un nivel de endeudamiento mucho mayor que el norteamericano y años de estar estancado. Y países de la periferia de la zona Euro —Grecia, Irlanda y Portugal— también enfrentan graves crisis económicas, sociales y políticas. También tienen altos niveles de endeudamiento. Lo grave es que países europeos cuyas economías son mucho más grandes, como Italia y España, también penden de un hilo económico y pudieran requerir de rescates al estilo Grecia.
¿Qué consecuencias tendría para Nicaragua si se diera otra recesión mundial? Seguramente tendríamos una repetición de 2009 cuando nuestra economía sufrió los flagelos de una caída en remesas y de exportaciones a nuestro principal socio comercial, los Estados Unidos, el despido de miles de trabajadores en nuestras zonas francas y una contracción en la economía que fue oficialmente de 1.5 por ciento. Esto, a su vez, también tensionaría a nuestra situación social y política. El panorama no sería nada promisorio.
El escritor es diputado del PLC, candidato a la vicepresidencia y economista.
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