Estaba en mi lista de lugares para visitar cuando fui por primera vez a Nueva York. Situado en una excéntrica zona de Manhattan, podría decirse que una de las zonas más concurridas de la ciudad, es el famoso Barrio Chino o Chinatown.
Después de disfrutar un delicioso “Dim Sum”, una amiga sugirió que fuéramos a curiosear por el vibrante sector y emprendimos la travesía por el célebre trayecto conocido como Canal Street.
A la vuelta de una esquina cientos de turistas y vendedores nos abrumaron con su bullicioso va y viene. Mientras recorríamos las malolientes calles observé el infinito inventario de productos expuestos en pequeñas tiendas, una pegada a la otra, hasta rebalsarse. Había todo tipo de réplicas de las marcas más aclamadas de carteras y relojes, que para muchos de nosotros, comprar la auténtica es inalcanzable por los exorbitantes precios.
Mientras caminaba escuché un par de palabras que mis oídos no entendían al primer anuncio: “fai dola, fai dola”. Pronto supe que se referían al precio de “five dollars”.
Con esta frase, los vendedores misteriosos ofrecen el enganche para atraer clientela. Mi amiga se dejó seducir por la atractiva cifra. Entramos a una de las tiendas cuando de pronto un hombre de raza oriental se acercó y nos susurró casi al oído: ¿Gucci?, ¿Louis Vuitton?, ¿Channel? Palabras mágicas Por supuesto mi amiga, ni corta ni perezosa, respondió con un sonoro ¡SÍ! El vendedor enseguida nos condujo por un pasillo oscuro al final de la tienda y a medida que entramos poco a poco el griterío se atenuó.
Caminábamos de prisa por ese recoveco detrás del vendedor; sentí cierto temor por no saber a dónde nos llevaba. Pero mi olfato periodístico me decía que ahí había gato encerrado y mi curiosidad aumentó aún más. Llegamos a una puerta a la que el oriental tocó en forma de clave. Al abrirse descubrimos una habitación saturada de compradores y de carteras de marca. Muchas de ellas genuinas y otras falsificadas idénticas a las verdaderas ¡Todo un contrabando! Pensé.
Mi inesperada aventura me reveló lo que yo desconocía del barrio chino de Nueva York, que es una de las mecas del plagio y uno de los mercados ilícitos más grandes del mundo, conocido como la capital de la piratería.
Por años, Chinatown ha estado bajo la lupa de las autoridades federales que con frecuencia y de manera sorpresiva hacen allanamientos, redadas y a veces cierran negocios como una manera de combatir el mercado negro.
Por coincidencia, ese día también presencié una visita sorpresa realizada por policías encubiertos y fue impresionante ver como en cuestión de segundos el piojero en las calles desapareció despavoridamente y las puertas de los comercios cerraron como si el fin del mundo se acercara.
Pero aún con todos estos operativos las autoridades no han podido frenar el anhelo desaforado de los compradores. Este mercado pirata genera miles de millones de dólares al año a los falsificadores y alrededor de mil millones de dólares en pérdidas a la industria legal. Hasta ahora se castiga solo a los fabricantes y distribuidores, pero eso podría cambiar debido a una ley propuesta por la concejal del distrito de Nueva York, Margaret Chin, quien argumenta que el dinero que ganan los falsificadores “sirve a menudo para financiar actividades terroristas o el trabajo infantil”.
De ser cierto esto no creo que muchas personas queramos presumir de una cartera o de un reloj aunque nos haya costado 100 dólares en vez de 1, 500 o 6,000.
Si se aprobase esa ley, los compradores de prendas de diseño de imitación enfrentarían hasta un año de cárcel o una multa de mil dólares, eso solo si son descubiertos por la policía. Por lo que me pregunto ¿qué tan eficaz podría ser esa ley? Dudo seriamente que esta medida acabe con el problema. Aunque de algún lado debería salir una solución que favorezca tanto al comerciante como al consumidor.
La autora es periodista y locutora
@arlenfernandez
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