Los protagonistas de episodios históricos memorables, por lo general, son reacios a informar todos los detalles de su actuación. Esa autocensura se explica por el temor a dañar su imagen al revelar situaciones o decisiones que son difíciles de explicar.
Sin embargo, el doctor Adolfo Calero Portocarrero se arriesga en su libro Crónicas de un contra a contarlo todo, sin disculparse o jactarse de nada, ya sea que parezca acertado, ingenuo o discutible su testimonio. A nuestro juicio eso demuestra las firmes convicciones de Calero, quien deja a la historia el juzgamiento de sus hechos y cumple la exigencia del lector que demanda objetividad de lo que se narra al margen de sus simpatías. Crónicas de un contra empieza con la decisión del autor de marcharse de Nicaragua, después de tres años de presenciar los desmanes de los comandantes sandinistas que entraron victoriosos a Managua, el 19 de julio de 1979, sin tener que enfrentarse con la Guardia Nacional que se desbandó al huir el dictador. O sea que aguardó Calero a convencerse de las verdaderas intenciones de los nuevos gobernantes de facto, que vinieron a confiscar, expropiar y violar los derechos humanos con el pretexto de erradicar al somocismo, llevándose de encuentro a una clase media que les estorbaba para implantar la dictadura totalitaria.
Resolvió entonces Calero incorporarse a la pequeña fuerza contrarrevolucionaria que se encontraba al sureste de Honduras. Desde allí empezó su tarea de conseguir fondos, armas y asistencia técnica, para consolidar un ejército irregular que llegó a contar con unos veinte mil combatientes; el cual tuvo una amplia base social campesina y el financiamiento del gobierno norteamericano presidido por Ronald Reagan, quien consiguió el respaldo del Congreso para frenar la expansión comunista en Centroamérica mientras los cabecillas de la Unión Soviética se ufanaban de haber logrado establecer una cabeza de playa en Nicaragua, sin disparar un tiro.
Relata Calero que para lograr la ayuda de Estados Unidos a la Contra, tuvo que contar con los líderes parlamentarios del Partido Demócrata, requisito indispensable en una democracia sólida que opera en base al sistema de pesas y contrapesas. Y para eso se creó una organización paraguas que representaba a todos los sectores políticos nicaragüenses (salvo a los aliados del FSLN, por supuesto), como expresión política de la guerra civil que duró cuatro años, dejando un saldo de más o menos cincuenta mil bajas y una desconfianza mutua que aún perdura.
Según Calero el mayor riesgo fue apoyarse en una potencia mundial que tiene sus propios intereses, pero no había alternativa, pues el gobierno sandinista se negaba a entrar en negociaciones de paz para organizar elecciones libres y dirimir la lucha por el poder de manera civilizada y patriótica. Pero la misma situación de la Contra con respecto a Estados Unidos, se daba en el gobierno sandinista al que sostenía y armaba la Unión Soviética comunista. O sea que las dos súper potencias se enfrentaban utilizando a Nicaragua como un Campo de Agramante.
Pero Reagan y el líder del Partido Comunista de la URSS, Mijaíl Gorbachov, decidieron comenzar a poner fin a la Guerra Fría y dejaron a sus ahijados nicaragüenses en el aire. Esa situación hizo posible las pláticas de Sapoá de la Contra con el gobierno sandinista, en marzo de 1988, que condujeron a un cese temporal de fuego y alentaron el proceso político interno para la realización de elecciones libres, con la presencia de observadores internacionales. Y cuenta Adolfo Calero que en un momento en el cual las pláticas se estancaron, él y Humberto Ortega asumieron la responsabilidad de entenderse sin consultar con sus respectivas huestes, como lo hicieron en su tiempo Tomás Martínez y Máximo Jerez.
La principal enseñanza que se puede sacar de las Crónicas de un contra son las de que los nicaragüenses seguimos sin poder entendernos, para centrar la lucha por el poder político en un marco de respeto a la Constitución y las reglas de la democracia, usando como medio las elecciones libres legitimadas por la observación nacional e internacional. Y lo peor es que se está repitiendo la misma historia nefasta, al insistir el presidente Ortega en reelegirse violando la Constitución. El mismo error que cometieron los Somoza para mantenerse en el poder como fuera, con las trágicas consecuencias que todos conocemos.
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