Languidecen las flores y se alza el moho. Este es el momento de deplorar el destino que llevan la niñez, la adolescencia y la juventud en Nicaragua. Los tres grados iniciales y comunes de la primavera, están lisiados por el delito.
Las páginas cotidianas siguen siendo perseguidas por las noticias relacionadas por la comisión de pecados que no caben en la inocencia (los niños no conocen el pudor. Hay que enseñarles el mal para que lo sepan, afirma Juan Jacobo Rousseau) que van desde la práctica del sexo cuando arroja resultados negativos hasta la comisión del crimen atroz. Pero lo más triste en las amalgamas de la crueldad es que son los menores aupados por la impunidad, los autores palmarios.
La nueva generación no mide, no es capaz de intuir por la ausencia de una formación correcta y previsora en cultura apropiada, en educación, en moral —en la moral y trato social de los antiguos padres— las consecuencias que derivan para el futuro de ella y de la nación. La conducta sexual entre niñas y niños es prematura, criminal, desesperada, repercute negativamente en la felicidad del resto de sus días.
La investigadora y consejera sexual de Profamilia, Urania Ruiz, nos levanta del asiento cuando afirma con toda la claridad del caso que se está convirtiendo en rutina tolerada —“la sangrienta tolerancia”— que la diligencia sexual comience a los 12 años y cuidado a los 10. Recurren según ella a recursos audaces como el uso indiscriminado de la pastilla para el día siguiente sin medir los resultados negativos de la alteración del biorritmo natural de la menstruación. Esta no es una solitaria mención “honorífica” dentro de las muchas que hay en la suma de irregularidades. Hay muchas más. Con estas actitudes la niña viaja temprano a la anemia y cuando está siendo apenas una flor toma el camino de la muerte. Desde luego el acto es compartido por dos. Él un criminal. Ella una suicida. No hay que decirles “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Hay que castigarlos y primero en la anticipación vital, educarlos. Poner sobre la tersura natural de los “recién llegados” la Educación Sexual, la cátedra mortalmente ausente y de la que tanto nos ha hablado el especialista doctor Freddy Cárdenas, ausente en las casas de los progenitores y en las aulas de los colegios privados y públicos, en gran parte porque la farsa puritana y “mojigata” la convierte en “tabú”.
Una adolescente le contesta a la investigadora “yo lo que hago es abortar cada vez que salgo embarazada y lo hago escondidita sin que nadie se dé cuenta”. Inunda el ambiente la mentira: “Si amor, ya me la tomé” para que posteriormente emerja la barriga y venga al mundo otro intruso en la constelación del amor. Al sexo libérrimo en los primeros abriles se ha unido otra crueldad. Los adolescentes que asesinan usando todos los procedimientos de los desalmados criminales mayores. Premeditación, alevosía. ventaja como el ocurrido en un estudiante universitario y con la declaración cínica de que “no importa, en 6 años salgo”.
No me permite el espacio seguir refiriendo casos ajustados a la realidad, convidantes del escalofrío. Este es un artículo lloroso. Lamenta. De ahí no pasa. Está empujado por “las hojas de otoño” en el cual solo cabe deplorar que lejos está la aplicación de la medicina ideal para una sociedad corroída por los brutales acaecimientos. ¿La causa? ¿La solución? Quizá ya es tarde para encontrarlas.
El autor es periodista
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