“Ser culto es la única forma de ser libre”
José Martí
Numerosos estudios de los últimos años han venido resaltando nuestras enormes deficiencias en educación, alertándonos de la imperiosa necesidad de transformar el sistema educativo.
Los estudios del reconocido economista Adolfo Acevedo, por ejemplo, proveen suficiente estadística que da cuenta de la desastrosa situación: únicamente el 16 por ciento de los nicaragüenses ha aprobado la secundaria. En términos prácticos y en estándares del siglo XXI Nicaragua es pues un país de analfabetas.
Casi siempre el análisis se enfoca en el nivel básico. No es para menos. Es evidente la precaria situación de la educación pública con infraestructura calamitosa, maestros mal pagados y un sistema que cuando menos es anacrónico.
A pesar de las diversas reformas introducidas, la escuela pública continúa anclada en una concepción arcaica de la educación, incapaz de producir los recursos humanos adecuados para resolver los problemas de la sociedad.
Una educación moderna, en cambio, supone la preparación de la juventud para el aprendizaje independiente y, aprovechando sus destrezas y afinidad por las nuevas tecnologías, refuerza su espíritu creativo, comunicativo y de cooperación. La educación científica fomenta la creatividad, la capacidad crítica, la convivencia de las ideas contrarias y apertura a las nuevas, y el respeto a la verdad, inherente al quehacer científico.
La pésima calidad del sistema educativo con frecuencia pasa a un segundo plano dada la tendencia de centrar el reclamo en los porcentajes de la asignación presupuestaria. Para justificarse los gobiernos arman cualquier farsa con las cifras y, como por arte de magia, hasta se superan las metas internacionales.
Empleando la misma lógica de enfocarse en las finanzas, dado el importante flujo de fondos que representan las asignaciones presupuestarias del 6 por ciento, las dificultades de la universidad pública pierden relevancia.
Pero la educación superior pública también presenta serias deficiencias siendo la calidad antes que la cobertura su desafío central. La falta de pertinencia de los planes de estudio conlleva a la incapacidad de los graduados a obtener empleo. La oferta saturada de carreras y posgrados que privilegian lo profesionalizante en detrimento de lo técnico-científico repercute negativamente en la vocación innovadora de los jóvenes.
Mal haríamos disfrazando la preocupante situación de la educación superior. Al contrario, necesitamos encarar con valentía estas dificultades porque son las raíces profundas de nuestro atraso. El problema central de nuestra pobreza yace justamente en la defectuosa educación, particularmente en las debilidades científico-técnicas.
En estos tiempos en que el conocimiento adquiere una función excepcional, el país necesita mejorar los índices de escolaridad reforzando la educación científica para insertarse adecuadamente en la economía global. Hace falta propiciar que nuestros docentes e investigadores contribuyan mejor a la solución de problemas como la pobreza, la falta de empleo, la baja productividad, la inseguridad ciudadana, la corrupción y la criminalidad.
Al reconocer el importante rol de las instituciones de educación superior en el desarrollo socioeconómico, tampoco exageremos —ingenua o demagógicamente— creyendo que las universidades puedan por sí mismas resolverlo todo.
El problema de la violencia intrafamiliar y el incesto, por mencionar una de las pestes de nuestra sociedad, no es asunto que pueda resolverse desde la ciencia, porque implica el involucramiento de la sociedad entera, de la justicia y otros órganos del Estado, y por supuesto, la voluntad política del gobierno.
A las dificultades de las universidades públicas se añade el deterioro de la autonomía, que en algunos casos pareciera reducida a un mero formalismo jurídico.
La fragilidad de la autonomía universitaria quizás represente la más compleja y sofisticada de todas las flaquezas de la educación pública porque conlleva al atascadero intelectual que socava las bases de la universidad y conspira contra el desarrollo nacional.
Las faltas a la autonomía —de ajenos o de las élites internas, por capitulación o bajeza— debilitan aun más la ínfima institucionalidad científica cuya responsabilidad, dicho sea de paso, se le ha deferido a la caridad extranjera.
Esta crisis se despliega cada vez que en una universidad se humilla y hostiga a excelentes intelectuales y científicos, en donde en vez de apreciárseles se les persigue y en vez de premiárseles se les castiga, algo que para el estrecho círculo de la ciencia nicaragüense es simplemente inaceptable.
Al reflexionar sobre estos asuntos del mayor interés nacional, no se debe pasar desapercibido otro tema conexo y esencial para el futuro de la educación: la consolidación democrática del país.
Por cuanto la ciencia solo puede prosperar en un medio de tolerancia y de diversidad de ideas, el verdadero desarrollo científico se irá presentando en la medida en que nuestro país avance en su senda democrática.
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