Los griegos antiguos creían que las desgracias que les ocurrían eran castigos de los dioses. Para ellos los dioses eran seres divinos pero caprichosos, como los humanos, y a menudo se enojaban con los mortales. Pero reconocían que much as veces el castigo lo tenían merecido, por las acciones indebidas que cometían, y sobre todo por la hibrys, o sea la desmesura, que consideraban como el peor defecto de conducta.
Por eso los filósofos griegos de la antigüedad aconsejaban a las personas conocerse a sí mismas, que cada quien estuviera claro de sus posibilidades y sus limitaciones humanas para actuar siempre con prudencia, sobre todo cuando sus actos podían tener graves consecuencias. Pero, humanos al fin, igual que todas las personas que integran los diversos pueblos de la tierra, los griegos siguieron cometiendo la falta de desmesura y, por lo consiguiente, recibiendo también el castigo merecido.
Decimos esto porque la pavorosa crisis económica y social que sufre Grecia actualmente, la cual amenaza con arrastrar a un desastre a toda Europa, o al menos a una buena parte de los países del viejo continente, no es un castigo de los dioses. Por el contrario, es un mal causado por la desmesura de los mismos griegos en el gasto público de los últimos años, para financiar la corrupción, el derroche burocrático y los generosos beneficios sociales que se han dado, sin considerar su capacidad y límites para sostenerlos.
En realidad, la crisis de Grecia es fácil de resumir: primero, el gasto público creció desmesuradamente; segundo, para financiarlo, los distintos gobiernos se endeudaron también desmedidamente; tercero, al endeudarse el país de manera desproporcionada, el gasto público se disparó todavía más arriba, porque cuanto mayor es la deuda más son los intereses a pagar. De esa manera Grecia llegó a la situación actual, cuando se encuentra ante la disyuntiva de quebrar como país y Estado, o recibir cuantiosos recursos de Europa para salvarse, a cambio de aplicar drásticas reformas que muchos griegos no quieren aceptar.
Lo que ha ocurrido en Grecia es que después de la caída de la dictadura de los “coroneles negros”, que dominaron el país con mano de hierro de 1967 a 1974, a pesar de que fue un gobierno conservador el que tomó el poder adoptó un modelo de bienestar social basado en un gasto público descontrolado, y en la creación de un sector estatal gigantesco, pretendiendo resolver el desempleo no con el desarrollo de la producción sino con el incremento desmesurado de la burocracia del Estado.
Esa política social fue continuada por los gobiernos posteriores, tanto socialistas como conservadores, y como consecuencia Grecia tiene hoy una deuda pública de 500 mil millones de dólares, sobre un producto interno bruto de 328,500 millones de dólares, cuenta con más de 800 mil empleados públicos en una población activa de más o menos cinco millones de personas, y su gasto estatal representa casi el 40 por ciento del Producto Interno Bruto nacional. O sea que de hecho es un país inviable e inmanejable.
Es que a pesar de que Grecia pertenece a la Unión Europea, la cual establece para sus miembros rigurosos requisitos de gasto público, los gobernantes griegos no los respetaban, falsificaban las cifras de su economía y vivían de manera superficial, con el consentimiento de la población que disfrutaba los beneficios de un gasto social financiado ficticiamente. Hasta que reventó la burbuja de semejante desmesura.
Los gobernantes griegos tienen una inmensa parte de culpa, sin duda, por la crisis que sufre su país y la catástrofe que lo amenaza. Pero también son culpables los distintos sectores sociales, y ante todo las burocracias sindicales que no explicaron a sus bases ni advirtieron a sus gobernantes, que el tren de vida en el que se habían montado no solo era insostenible sino que avanzaba directamente hacia el abismo, como en efecto ha ocurrido.
Grecia está muy lejos pero la lección de su crisis actual es válida para todos los pueblos de la tierra, igual que su cultura y su filosofía clásica. Y la enseñanza principal es que las naciones, como las personas, deben vivir de acuerdo con lo que producen y la riqueza que cada uno genera; que vivir de manera ficticia, en base del endeudamiento de cualquier clase, conduce a la ruina. Dicho de otro modo, que hoy como en tiempos de Sócrates sigue siendo válido el sabio consejo de que no hay que cometer la falta de desmesura.