Esperanza Castillo

Hagamos elecciones calificadas

“Y nada está seguro de sí mismo ni en la semilla en germen, ni en la aurora la alondra, ni en la roca el diamante, ni en la compacta oscuridad la estrella, ¡cuando hay hombres que amasan el pan de su victoria con el polvo sangriento de otros hombres!”

Jaime Torres Bodet

 

Casi 20 millones de electores peruanos eligieron el pasado 5 de junio entre el miedo y el odio, pero concurrieron responsablemente ganando la izquierda de Ollanta Humala. Se dieron cita 235 observadores que señalaron ser evaluadores no interventores y dieron fe que todo transcurrió en orden. El Jurado Nacional de Elecciones se ha ganado el respeto del Perú, por siempre redoblar esfuerzos y garantizar comicios legales y ordenados, fortaleciendo así el sistema democrático. Paradójicamente en Nicaragua el Consejo Supremo Electoral (CSE) despierta una gran desconfianza; nuestros magistrados prolongan sus periodos gracias al decreto del presidente Ortega quien a su vez se encuentra participando en esta contienda electoral gracias a un dictamen polémico.

Lo que debería ser una fiesta cívica de todos los sectores está resultando en parodia de elecciones. Vemos como se niegan acreditar observadores electorales internacionales y nacionales pese a la buena relación desde 1990; analistas políticos aseguran que al invitarlos estarían abriendo una “caja de pandora” lo cual quiere el Gobierno evitar a toda costa. La presencia de observadores es importante para países con débil democracia pues se necesita de un aval que revierta el mal histórico que nos ha caracterizado. Al presenciar los comicios verifican toda su logística; desde la instalación de mesas electorales, escrutinio y cómputo así como ratificar resultados.

La Ley Electoral posee un vacío legal y el CSE abusó de su posición de garante de los comicios al suprimir observadores por “acompañantes” carentes de legalidad y manipular la distribución/ubicación de Consejos Electorales Departamentales/Regionales las que repercutirán en los Consejos Municipales y por ende en las Juntas Receptoras de votos (JRV) y el único beneficiado es el partido de gobierno rezagando a las segundas y terceras fuerzas en dicha distribución.

El ciudadano común se muestra inseguro de que no permitan la presencia de observadores para el disfrute de una competencia limpia y transparente, si el FSLN se encuentra a la cabeza de las elecciones, los observadores no deberían ser una piedra en el camino hacia su sonada silla presidencial. Acaso no están seguros de esa victoria, porque vemos que siguen cometiendo arbitrariedades y continúan haciendo una caricatura de sufragio. Muchos confiamos que la presión de la comunidad cooperante, la sociedad civil y el Cosep se pronuncien de forma enérgica y no hasta que sea demasiado tarde.

Por un momento traslademos los escenarios de lo que sucedió en Perú a Nicaragua, donde el partido ganador resultó con un escaso margen de 1 por ciento o 2 por ciento; ¿creen ustedes que nuestro pueblo tendrá el mismo civismo del país del sur y que las fuerzas políticas con tan débil democracia acepten los resultados? No hay que ser vidente para vislumbrar las huelgas y asonadas que se engendrarán, todo por la terquedad del Gobierno de ganar estas elecciones a cualquier precio, el problema es que “el costo” siempre lo paga el pueblo.

No olvidemos nuestro pasado para que no estemos obligados a vivirlo nuevamente, no presenciemos el desfile de donantes empacando maletas y dirigiendo sus recursos económicos a otros países dejando a Nicaragua en el aislamiento. Gane quien gane este 6 de noviembre exijamos al Gobierno y a los políticos que permitan una verdadera fiesta cívica y terminar con una terrible resaca moral y monetaria que agravaría nuestra ya deteriorada situación. Roguemos a Dios que Venezuela posea petró-dolares renovables. [email protected]

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