Por Álvaro Taboada Terán
Las plazas de algunos países autoproclamados revolucionarios se llenan de personas arrastradas por la necesidad, el temor, las prebendas, e incluso por el entusiasmo de algunos crédulos y fanáticos. Abundan las consignas contra el imperialismo y por la revolución. Pero indicábamos hace un tiempo que estos dos conceptos fueron vaciados de contenido analítico y de capacidad descriptiva, a fuerza de repetirlos ad nauseam sectaria y demagógicamente.
Los viejos regímenes marxistas saturaban a sus pueblos con lemas de sus respectivas revoluciones que en realidad estaban osificadas: Habían pasado el período de destrucción del régimen precedente, habían completado sus transformaciones político-económicas esenciales y se habían convertido (inevitable ley histórica) en otro status quo, en otro establishment.
Ciertamente los transitorios períodos revolucionarios dejan marcas (buenas, perversas o mezcladas) que perduran algún tiempo tras la caducidad de aquellos. Algunos han tenido impactos multiseculares, como los ideales e instituciones surgidas de las revoluciones norteamericana y la francesa, ideales que continúan inspirando a las democracias alrededor del globo. Otras revoluciones dejaron legados desechables. Aún así, algunos desastrosos experimentos revolucionarios con signos de rigor mortis, continúan fascinando en el exterior a algunos grupos radicales.
Determinar cuando mueren las revoluciones, mientras continúan en el poder los regímenes nacidos de aquellas, es tema difícil y polémico. Los revolucionarios que se aferran al poder se corrompen, volviéndose los nuevos reaccionarios. Decía Durschmied al referirse a la mayoría de quienes aparecieron como heraldos de una luminosa nueva era: La revolución siempre se hace en nombre de la libertad Pero… El hombre simplemente no es capaz de resistir la presión de un esfuerzo prolongado para vivir de acuerdo con sus ideales más elevados.
Para algunos politólogos e historiadores la revolución francesa terminó al cerrarse la etapa del terror y con el reemplazo de la Convención por el Directorio. Muchos piensan que a la revolución bolchevique la sepultó el stalinismo, la continuación extrema del leninismo. (Lenin jamás fue ejemplo de demócrata.)
La institucionalización del caudillismo fue el inicio de la osificación de la revolución cubana. Castro logró esto en parte con la fundación de su Partido Comunista (PCC) (1965). Muy probablemente ningún dirigente comunista (a excepción de Stalin) hubiera sobrevivido ni en la URSS a los desastres castristas como la zafra de los 10 millones (1970). La cúpula revolucionaria se había congelado en el poder.
En el caso nicaragüense hay varios indicadores del fin de la revolución sandinista (1979-90). Para algunos lo marcó el abandono (1982) del proyecto agrícola colectivista, hecho forzado por una insurgencia mayoritariamente campesina, potenciada por la ayuda estadounidense: esta fue la respuesta a la decisión de la dirigencia sandinista de intervenir en los asuntos internos de otros países, como el apoyo a la guerrilla y al terrorismo radicales en El Salvador. Afortunadamente para el estado nicaragüense, El Salvador no llevó en forma independiente su caso a la Corte Internacional de Justicia, ni reclamó indemnizaciones por los enormes y sangrientos daños sufridos.
Otros señalan que la muerte del proyecto revolucionario sandinista ocurrió en 1990 con la repartición de bienes usurpados a particulares y al Estado. Fue el regreso a formas de vida pre-revolucionarias, pero exacerbadas en sus vicios. Se consolidaba una plutocracia de nuevo cuño. Aquella privatización ilegal empequeñece a cualquier intento de privatización jamás intentado legalmente por ningún proyecto neoliberal. La aurora dorada había llegado para algunos y dejaba de ser una tentación …
Algunos opositores al régimen actual, criticado por amplios sectores poblacionales, provienen de la vieja izquierda. Dentro de esta algunos denuncian la traición gubernamental a los ideales de la revolución porque (en efecto) el régimen imperante, auto-nombrado revolucionario, posee su propia agenda. Pero vale preguntarse: ¿Cuáles ideales? ¿Los de la dictadura de partido único, meta del programa estratégico del FSLN en los ochenta? ¿Los del reino de la Seguridad del Estado, del espionaje vecinal, de los ilegales tribunales populares, las confiscaciones, la inflación surrealista, las filas para el pueblo y las diplotiendas para la nomenclatura? Casi nadie desea esto. Al gobierno lo adversan sus oponentes (la mayoría nacional) no por su insuficiencia revolucionaria, sino por sus contravenciones a las normas democráticas.
Cabe señalar que aunque el régimen lleva un camino preocupante en lo político e institucional, ha mostrado responsabilidad monetaria y fiscal, inscrita irónicamente dentro de los principios del complejo modelo neo-liberal, demonizado verbalmente. Si el régimen pasará a la historia como agente de progreso o como gestor de futuras tragedias, dependerá de su capacidad (dudosa para muchos) de enmendar rápidamente su rumbo y de profundizar sus avances en el terreno económico gracias a su realismo macroeconómico a los precios de las exportaciones y a la globalización imperialista.
En cuanto a la revolución ella es irresucitable. Muerta está, como Mao, Lenin, o Robespierre. ¿Viva? ¿La revolución? ¡Qué noticia!
El autor es Ph.D en Estudios Internacionales.
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