Es bueno que una parte de lo que ha sido el sandinismo haya evolucionado de la ortodoxia (carnívora) de los años ochenta, a una posición más moderada, socialdemócrata le llaman algunos (vegetariana), pero no es ético ni revolucionario que haya quienes como el vicepresidente de Daniel Ortega en esa década, el novelista Sergio Ramírez, venga ahora a decir que no tiene de qué arrepentirse por lo malo que pudo haber ocurrido pues eso era algo que no pasaba por su conocimiento.
Si bien es cierto que en muchos casos del presidencialismo latinoamericano quienes ejercen la función de vicepresidente juegan un papel protocolario, o bien de “llanta de repuesto” a la hora que el mandatario enfrente un problema de salud o una situación de envergadura, nadie puede decir que este haya sido el caso de Ramírez, quien en el caso de Nicaragua, ha sido de los vicemandatarios que más poder ha ejercido.
Esta negación de la realidad la develó una vez más en una reciente entrevista del Diario LA PRENSA de Managua hecha por Fabián Medina, con motivo de la presentación de su última novela, La fugitiva . Siempre en dicha entrevista, también se refiere a la nula credibilidad de Ortega por los abusos de poder cometidos en lo que lleva de su actual gobierno.
Ramírez sostiene que no tiene nada de qué arrepentirse, dando a entender en unas desfachatadas declaraciones —las que por su condición actual de prestigioso escritor y hombre de cultura debería reconsiderarlas—, que no tiene nada de qué arrepentirse, autojustificando que sí tuvo la entereza suficiente de hacerlo cuando se enteró que la revolución andaba mal, justo cuando escribió “un libro entero”, en referencia a aquel relato Adiós muchachos, el cual salió a luz pública a mediados de los noventa, poco antes de que abandonara al partido del cual Ortega sigue siendo su secretario general.
En otras palabras, Sergio, hombre de coloquios y anecdotarios amenos, da a entender que para hacer pública su confesión, para darse cuenta no solo de los errores políticos sino también de aquellos de fondo de la revolución, debieron pasar algunos años, los de su toma de conciencia para haber dado semejante paso.
Ese es su error. Fatal ante la historia y ante su condición moral de creador, pues las equivocaciones y contradicciones del proyecto sandinista se dieron siempre, a la par de sus victorias y logros. Incluso desde mucho antes de haber triunfado.
Esas mismas debilidades de carácter ante los actos negativos cometidos como el destierro masivo, la militarización excesiva, las confiscaciones, el infortunio económico y los abusos de poder, no pueden ser absueltas de la noche a la mañana de un solo tajo, pues a decir verdad, Ramírez y quienes lo acompañaron abandona al partido sandinista no por la sumatoria de dichos errores, sino ante la falta de oportunidades que le negara su propio partido para aspirar a la Presidencia de la República.
Estas actitudes como las de quienes militan en el movimiento que él creara, el MRS, deslegitiman la razón de su existencia que, al margen del partido sandinista, para que pueda crecer con mayor aceptabilidad popular, pues patina ante la realidad al pretender reivindicar un proyecto social demócrata erigiéndose ahora en adalides de la democracia, pero negando el pasado administrativo político que lo responsabiliza directamente de los aciertos y errores cometidos en los ochenta, década de “asombrosa grandeza” como resalta en su imaginación Eduardo Galeano.
La izquierda en Nicaragua y en América Latina atraviesa una crisis de identidad terrible, marcada por sus desaciertos en el manejo de la economía y en la inoperancia del Estado, lo que la lleva a desencantos considerables como el de Joaquín Sabina sobre Cuba y su fracaso histórico o bien, a su deteriorada imagen pública asentada en los escombros de sus propios mitos.
El autor es poeta y escritor
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